cuento

El regreso.
Cuestion de tiempo...
El amable arcoiris.
El niño ratón. 
Hambre de loba.
Laura. 
No pensar. 
El hombre información.
Memorias de una fumadora.  
Memoria a la jardinera.
MzMax. 
Hotel Lagarta. 
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El regreso.



Antón caminaba hacia fuera con todos sus pasos. Recorrió lentamente la gran sala de espera donde la gente dormía, a falta de nada mejor que hacer.


Parecía observar con cuidado todos los detalles del gran dibujo que el pavimento trazaba bajo sus pies, pero no era así. Caminaba ciego, esperando que alguna de aquellas personas se dirigiera a él y diese sentido a su paseo lento y cuidadoso. Quería que alguien le saludase, que le reconociesen con sorpresa e inesperada alegría; quería evitar a toda costa tener que coger aquel maldito tren.


Siempre se había sentido ridículo entre aquellos niños que se perseguían jugando y le miraban de reojo, vigilándole para volver luego con sus madres, que les pasaban la mano por la cabeza para peinarles. Aquellos niños observaban a Antón Ferreira desde lejos, protegidos entre dedos poderosos, haciéndole sentirse solo.


Siguió observando el trazo azul del pavimento que le llevaría hasta el final de la sala, hacia el andén que le esperaba vacío, aunque pareciese lleno de gente. Ultimamente sentía como los gritos del tumulto le encerraban todavía más en sí mismo. Echó un último vistazo hacia todas aquellas familias que no eran la suya y se alegró, no le gustaban nada los niños.


Cruzó el portón que comunicaba con los andenes. La luz iluminaba desde arriba con una intensidad evangélica. El contraste entre los fluorescentes de la sala con aquel templo de luz cenital le dejó ciego por un momento, pero no le impresionó. Hacía años, e incluso siglos, que caminaba por aquella de hierro como un ateo, como un falso creyente o como un sacerdote, sin inmutarse.


Estaba en su casa y aquella avasalladora arquitectura aparecía ante sus ojos como una escultural mujer, bella y fascinante que le hubiese parido y preparado el desayuno durante años.


Dejó atrás los dedos de luz que llegaban al suelo desde las cristaleras y cruzó entre las maletas, carritos y paquetes que poblaban el suelo sin ver siquiera a la gente que llevaban a su lado.


 


-Perdón.


Antón mostró una expresión de evidente disgusto. Una chica le hablaba mientras trataba de recoger todas sus cosas. Su maletín se había abierto y le cerraba el paso con revistas, jerseys y un par de objetos que no logró reconocer. Quiso seguir adelante pero se dio cuenta de que ya era tarde; ella le sonreía.


-Perdone, no le he visto.


-No pasa nada.- Protestó él tendiéndole un jersey y las revistas.- Veo que le gusta la montaña.


-¿Qué?.- Ella miró la revista y le respondió con una carcajada.- Me encanta, ¿a usted no?


-¿Hemos chocado?.- Le preguntó él.


-¡No!


Ella seguía riéndose. Tendría unos veinte años y se reía con mucha facilidad. El la miró desde sus treinta y pico con cierta nostalgia. Ya no recordaba la última vez que su risa resonó con sinceridad, tampoco la de la chica parecía sincera, o es que ya, definitivamente, se había convertido en un escéptico.


Aquel breve encuentro no le impresionó, le hubiese dado lo mismo que aquella chica se hubiese desnudado entera para enseñarle un lunar en el dorso de la mano o haberla encontrado muerta con la cabeza destrozada entre los jerseys y las revistas.


No estaba viviendo una aventura, no era la primera vez que pisaba aquellos malditos baldosines azules, no podía hacer otra cosa que seguir adelante hacia el tren plateado que le esperaba. Si sólo alguien le hubiera saludado...


Al entrar en su compartimento descubrió a la chica sentada junto a la ventana. Fantaseó con un recibimiento lleno de naturalidad y deseo; luego simplemente se alegró de que el asiento de enfrente, también junto a la ventana, no estuviese ocupado. Solía cambiarse de sitio varias veces para observar mejor a la gente que le acompañaba, pero esta vez el lugar estaba vacío así que pensó en dormir durante todo el viaje; algo que jamás había conseguido.


-¡Qué casualidad!.- Chilló la chica mientras empujaba el maletín debajo del asiento con el pie.- Hace buen día, ¿verdad? Es raro que el tren vaya tan vacío haciendo tan buen día. Creí que todo el mundo iría hoy a la playa.


-¿También le gusta la playa?


-Sí, claro, pero no voy a la playa.


-Va a la montaña.


-¿Qué?


-A la montaña, sus revistas eran de montaña. Pensé que era usted montañera.


-Bueno, sí, pero tampoco voy a la montaña. ¡Me marcho a Oporto!.-Lo decía con un tono de voz entusiasmado, casi infantil. Antón le echó definitivamente unos veinticinco años bien llevados. Ciertas miradas esquivas delataban su madurez.- ¿Va usted también allí, a Oporto?


-No exactamente. Había pensado en cambiar de aires y he cogido el primer tren que salía.- Sonrió con una mueca triste que ella ignoró mientras buscaba el cenicero.- Si busca el cenicero está a su izquierda.


-El cenicero, ah, sí! Ya, ya lo he encontrado. ¿Se puede fumar aquí?


-Fume si quiere, no me molesta.


-Me llamo Merche, ¿no quiere uno?, ¿no?.- Encendió el cigarrillo con cierta dificultad.- El mechero es nuevo.


-No lo parece.

Ella le contestó con una carcajada suave.


-Me lo han regalado hoy. Así que es usted un aventurero, coge el primer tren que sale y va sin equipaje ni nada, ¿adonde va?


-Adonde se va cuando no se tiene equipaje, a desayunar, ¿me acompaña?


Antón le cedía el paso y descorría las puertas entre los vagones sin dejar de mirar las sombras que subían por sus delgadas piernas. Ella llevaba unas bermudas anchas, pero al caminar se distinguían perfectamente las marcas de las bragas, un poco metidas por el culo.


Unas piernas, unas bragas, un culo. Y qué. Lo único que estaba buscando era no desayunar solo.


La rubia camarera le sirvió un café sin azucar y un sandwich mixto envuelto en papel de plástico transparente. Luego le preguntó a ella con cordialidad qué deseaba para desayunar.


-Oye, ya te conocen.


-No.


-¿Y cómo sabía lo que ibas a tomar?, ¿por qué no llevas equipaje?, ¿no serás el detective del tren o algo así?


Durante un segundo Antón pensó en contarle la verdad, que la camarera no le conocía, que no llevaba equipaje y que no tenía ni idea de porqué sabían lo que quería para desayunar. Pero Merche parecía impresionada y aquello le halagó así que se decidió por la explicación más sencilla.


-No hay detectives en los trenes, soy un empleado.


-¿Te sale gratis el viaje?


-Algo así. ¿A qué vas a Oporto?


-Tengo amigos allí. Estoy harta de mi casa, ¿sabes?. Quiero ir a una ciudad grande de verdad, no quedarme en Viana. La gente es tan, no sé, se creen algo especial pero viven encerrados en sus casas, las llaman palacios y se creen importantes, Dios, como les odio; si me quedo allí reventaré y les pondré perdidas sus paredes blancas y sus iglesias viejas y repugnantes.


Contaba todo esto casi con asombro, sin ninguna hostilidad, y aunque las palabras parecían duras al salir de su boca recordaban a Antón al monólogo de una mala actriz. Empezó a pensar que quizás aquella muchacha sólo tuviese dieciseis años.


-¿No te habrás escapado?


-No, ya soy un poco mayor, ¿no crees?.- Se rió esta vez con mucha franqueza.- ¿Cómo te llamas?


-Antón Ferreira.


-Yo Merche, ¡ah!, ya te lo había dicho.- Bebió de su café lentamente antes de seguir hablando.- Me voy a Oporto. A empezar de nuevo. Quizás me marche fuera del pais.


-¿Y tu familia?


-En Viana. Pasan de mí, somos muchos, ¿sabes?. No les hacía mucha gracia que me fuera, así que lo he decidido hoy sin más. Estaba en la estación y de repente lo pensé, sin más.


Una voz anunció la parada del tren en Bartolomeu, de modo ensordecedor e ininteligible. Acto seguido ríos de gente poblaron los pasillos de los vagones contiguos, subiendo y bajando bultos, niños y maletas. A través de la ventana abierta se escuchaban los gritos de las vendedoras ambulantes que poblaban la estación.


Bartolomeu era un pequeño pueblo. Se subió al tren una vendedora ambulante con cajas de pasteles, que ofrecía.
-Ojalá tuviese dinero,- en el fondo de los ojos de la chica se leía la marca impresa que anunciaban las cajas que aquella buena mujer llevaba en la cabeza.


-No te iba a servir de nada.- Antón pensó que el dinero se lo estaba pidiendo a él. Ni hablar.


-¿Por qué?, el dinero sirve para todo.


-No podrías comprar una de esas cajas aunque tuvieses millones.


-¿Son tan caras?


-No,- hizo una pausa- no podrías alcanzar a la vendedora.


Merche sonrió extrañada mientras el tren comenzaba su lenta marcha de nuevo. El traquetreo hizo que ella se balancease lentamente con él, golpeando con su sujetador la barra que cruzaba la ventana. Tap, tap, pensó Antón, o mejor, plaf, plaf.


-He intentado comprar una de esas cajas al menos cien veces,- se sintió un poco ridículo mientras se lo explicaba-, y nunca me ha dado tiempo; no entiendo cómo pueden hacer negocio en esta estación.


-No parece tan dificil.


-Eso es lo increible, que además parece fácil.


-Como tantas cosas, ¿no?.


Salieron de la cafetería charlando como viejos amigos mientras la camarera se entretenía contando azucarillos. Merche pensó que si sabía lo que Antón almorzaba también debía de saber cómo se llamaba para poder incluir su nombre en la despedida; pero como no hubo despedida alguna ese pensamiento no pasó de su más profundo nivel de consciencia.


De hecho, aquella mujer no conocía a Antón. Sabía qué debía servirle y cuanto cobrarle, que no habría propina y que volvería a verle un par de horas después, antes del final del viaje. Sin embargo no sabía quién era, ni qué quería, no sabía su nombre y no le hubiera reconocido lejos de aquel tren; Antón no le interesaba. Ocurría lo mismo con el revisor y las dos azafatas de los vagones de primera clase, con las que a menudo se cruzaba en sus frecuentes paseos por los pasillos. Habían viajado con él infinidad de veces pero sólo habrían podido describirlo con las mínimas referencias a un homínido: tiene piernas, tal vez dos.


De regreso a su compartimento contemplaban el increíble paisaje costero que se observaba desde el tren en marcha. El balanceo y el sonido hipnótico de las ruedas contra los raíles hacían aún más plácida la visión del mar en calma a través de las ventanillas.


Merche le comentaba lo mucho que echaría de menos Viana do Castelo, pero que no había otro remedio si no quería quedarse allí para siempre y pudrirse. Antón comenzaba a escucharla fascinado.


Cuando deslizaron la puerta corrediza descubrieron dormido en uno de los asientos de la ventana a un anciano decrépito que los miraba con un ojo entreabierto de color blanco. Estaba recostado sobre su lado izquierdo mientras su mano derecha descansaba abierta sobre su vientre, esperando a que una sacudida le despertase para poder seguir abrochándose el pantalón.


-Creo que ese era mi asiento.


-Mala cosa.- Le contestó Antón.


-Eres un poco lacónico, ¿no?.


Estaba enfadada, al fin y al cabo había dejado su jersey allí para indicar que el sitio estaba ocupado. Antón, algo picado, aseguró a la chica que él prefería cambiarse de vagón que despertar a un viejo que dormía plácidamente.


-No lo entiendo, si ese era mi sitio se lo decimos y punto.


-Quizás sea su ultimo sueño, hazme caso, no le despiertes. Además, puedes sentarte en el mío si quieres.


Antes de que la chica pudiese contestarle, un frenazo brusco y un chirrido interrumpieron la quietud de aquel día soleado y pacífico. El viejo se rascó inquieto mientras una voz ronca anunciaba una avería en la máquina que iba a hacerles permanecer parados al menos dos horas, y sugería a los pasajeros un paseo hasta la playa cercana.


-Vaya, primero me echan de mi sitio y ahora del tren.- El viejo seguía durmiendo.


-¿Qué tal si nos vamos a la playa?


-No he traído bañador.- Le contestó pensativa.


-No importa.


Antón la miró sintiendo la proximidad de sus bermudas (él también llevaba bermudas); le pareció que la mirada que cerraba la distancia entre los ojos de ambos se deshacía convirtiéndose en una atmósfera común que solamente les rodeaba a ellos. La sensación de estar a solas con aquella chica despertó demasiados demonios dormidos, así que fue ella la que extendió la mano hacia su cintura.


-Pareces algo cortado.


-¿Parezco un yogur grumoso?


Mientras él intentaba relajar la situación con una sonrisa floja, ella le arrastraba agarrándole del pelo.


Antón no sabía cuanto tiempo llevaban dentro de aquel servicio, estrecho y maloliente, que resultaba ser el escenario perfecto para un polvo loco y sudoroso como no hubiera podido serlo ni un compartimento vacío para ellos solos, ni una suite nupcial en el Palace de París.


Comenzaba a sentir el pesar insoportable de no poder retener el tiempo, de tener que volver allí solo, de tener que lavarse las manos y echar de menos en la imagen del espejo a aquella pequeña mujer. Sentía a la soledad filtrarse como se filtraban los gritos de los bañistas o los rayos del sol a través del cristal translúcido de la ventana. Se estremecía pensando que si cruzaba aquella puerta quizás no fuera capaz de comportarse ante toda aquella angustia; se estremecía pensando que quizás sí fuese capaz de comportarse.


Ella descansaba entre sus brazos, silenciosa y muda como una niña que durmiese. Antón podía ver reflejada en el cristal su espalda al descubierto, su sujetador desabrochado y el incipiente nacimiento de la raja de su culo. Le subió las bragas con lentitud comparando la tersura de su piel con el aspecto envejecido de sus manos y se vio en el espejo, por un momento, como un hombre maduro, cansado y patético, que acabase de tirarse a una jovencita desconocida en un servicio de tren.


Ella se apretujó, abrazándole con ambas piernas, y él besó su pelo y comenzó a sentirse cada vez mejor: fuerte, vital e incluso triunfante; como un hombre maduro, pensó, que acabase de hacerle el amor a una jovencita y quisiese volvérselo a hacer.


El calor comenzaba a resultar abrasador allí dentro, así que decidieron dar un paseo por la playa, después.


Ya eran casi las doce cuando regresaron con el resto de los viajeros al tren plateado que les esperaba solemnemente sobre la colina. Merche llevaba en una mano las sandalias de ambos como resultado de una apuesta acerca de quién podía correr más deprisa, si un niño de cuatro años o una madre enfurecida con dos niños más huyendo en la dirección contraria. La mujer dio la razón a Ántón, y Merche cumplió con la apuesta a pesar de la caballerosidad de este, que insistía en el impedimento de caminar con comodidad mientras una chica llevaba sus zapatos en la mano.


Ya en el tren, la mujer siguió desgañitándose hasta entrar en su compartimento con toda su prole. Al parecer iban a bajarse en la próxima estación, donde el padre de las criaturas les recogería y les enseñaría modales. De repente con un grito desgarrador interrumpió su monólogo, momento en el cual Antón decidió que quizás fuese un buen momento para tomar otro café. Decidieron sentarse en una de las mesas.


-¿No fumas?


-No.- Merche encendió un cigarrillo, aspirando profundamente el humo-. Tanto aire puro me estaba envenenando. Yo empecé a fumar a los catorce.


-Yo lo dejé hace dos años.


-¿Por qué?


-Quería cambiar.


-¿Y lo conseguiste?


-Estoy en ello.- Dijo Antón.


-Si tú también vas a Oporto quizá podamos vernos alguna vez.


-Sí.- Una mueca de tristeza sustituyó a la sonrisa que él había pretendido mostrarle.


-¿Estás casado o algo así?. Has puesto mala cara.


-No, que va. Si llegamos a Oporto prometo tomarme un café contigo en el primer sitio que veamos.


-No te preocupes, seguro que llegamos.


En ese preciso instante el tren comenzó a moverse con lentitud y las vías chirriaron celebrando su partida.


-Ahora pago yo.- Dijo Merche sacando un billete de su bolsillo trasero.


Volvieron a su compartimento escuchando sin cesar las quejas de aquella mujer sobre un robo escandaloso . El revisor la escuchaba pacientemente intentando explicarle que la compañía no se hacía responsable de lo que se dejase en los vagones vacíos.


Al descorrer la puerta del compartimento hallaron al viejo recostado en la misma posición, pero con una sutil diferencia.


-Sigue durmiendo en mi sitio.


-No.- Dijo Antón-. Ha muerto.


Merche le miró sin comprender, aún sonriendo.


-¿Cómo? ¡Pero si ni siquiera te has acercado!


-No lo entiendes. Ha sido una avería.- Antón evitó las miradas desconcertadas de merche pasandose una mano por la cara.


Salió del compartimento en el mismo momento en el que llegaba el revisor, que no pareció sorprenderse cuando Antón le relató lo sucedido. Merche seguía mirando a aquel hombre sentado en su sitio, muerto en su sitio, que parecía dormir tranquilamente.


-¡Vaya! Otra vez. ¿Lo han encontrado ustedes?, ¿le conocían de algo?.


-No le conocíamos; estaba durmiendo ahí, vivo, cuando volvimos de desayunar, antes de que el tren parase.


-¿Está seguro de que no estaba ya muerto entonces?


-Sí, estoy seguro.- El revisor miró al anciano una vez más.


-Claro, ha debido de morir durante la parada.


-Quizás la insolación...- les interrumpió Merche, intentándolo con la posibilidad de un desmayo.


-No diga eso, señorita. Ese hombre podía tener cualquier cosa, y la compañía no podría hacerse responsable tampoco de la gente que se duerme al sol. Estas malditas paradas siempre traen problemas.


-¡¿Problemas?! ¡Ese hombre está muerto en mi sitio! ¡Me importa un huevo su compañía!.- De repente rompió a llorar.


-¡Maldita sea, Merche, tranquilízate!, ¡sólo está cumpliendo su trabajo!.- Antón ahogó sus sollozos histéricos en un abrazo protector e intentó tranquilizar también al revisor, que limpiaba de los cristales de sus gafas pequeñas gotas de saliva-. No se preocupe por ella, sólo está un poco nerviosa.


-Primero un robo y después esto.- Resopló-. Les ruego que se cambien de compartimento, la policía se encargará de esto cuando lleguemos a Oporto. Querrán hacerles algunas preguntas de rutina, pero no creo que haga falta que hablen con la señorita.


El revisor aguardó a que recogieran sus cosas para cerrar con llave la puerta. Mientras Antón charlaba con él, Merche, ya más tranquila, prefirió quedarse tomando el aire al lado de las puertas de salida, escuchando el sonido del tren y mirando el paisaje asomado a la ventanilla.


El viento parecía querer arrancarle el pelo de la frente y lo volteaba sin cesar por encima de su cabeza. Cuando Antón la vio sintió en la boca del estómago la necesidad imperiosa de protegerla de todo, pero reconoció en ello el egoísmo de querer sentirse importante para alguien, de paliar un poco la desesperanza mortal que suponían aquellos eternos viajes en tren hacia Oporto.


Recostado en la pared sopesó sus posibilidades.


-¿Estás mejor?.- Le preguntó. Ella giró sobre sí misma y cerró la ventanilla con ambas manos, todo a un tiempo.


En aquel momento llegaban a Estela. Montones de personas, unos encima de otros, se vertían sin miramientos sobre los andenes de aquella pequeña estación de provincias. El bullicio se hacía ensordecedor y la megafonía ininteligible contribuía a todo ello creando un aire impersonal e irreal que podría situar a aquel apeadero en cualquier lugar del mundo. Al menos allí nadie intentaba venderles nada.


En medio de aquella riada vociferante ellos dos permanecían callados y sin mirarse, en una esquina. Merche jugueteaba dándole con el pie a su maletín.


-¿Ya estás mejor?


-¿Qué es estar mejor?


-No te preocupes. Llegarás a Oporto, encontrarás a tus amigos y empezarás una nueva vida, tal y como querías.


-Tú también querías una nueva vida, ¿no?.- La voz de Merche apareció ronca y suspicaz.


-Eso no importa.


-Por eso te subiste al tren, ¿no?. Oye, no soy ninguna niña, no me hables como si lo fuera. No te creas que por follar conmigo ya tienes derechos o algo así.


-Si necesitas dinero o algo...


-¡Tengo dinero!


-Ya.


-¿Crees que necesito dinero? ¿crees que necesito algo de ti? ¡cuando me subí a este tren no tenía nada más que las ganas de llegar a Oporto! ¿crees que no puedo salir adelante?


-¿Robando?


-¿Qué?.- Aquello cayó en ella como una losa...


-No se qué dices. Qué has dicho.


-El maletín, el mechero, el dinero de la señora, vamos, qué hiciste si no cuando saliste del servicio.


-¡Fui a por el tabaco, sabes! ¡sabes!... ¡sí! ¡lo hice yo! ¡y qué! , no tenía un duro, ¡qué querías!.- Comenzó a llorar como una niña desesperada. Antón no sabía por qué le había dicho todo aquello.- ¡No tengo amigos allí, vale! ¡sólo tengo veintitres años y una maleta de mierda!


Le dio una patada a su maletín y bajó del tren en un frenético intento por salir lo más rápidamente posible entre la marea de gente que la rodeaba. No miró atrás siquiera una vez.


Antón se sintió tan solo como nunca le había sido posible. Miró a través del sucio cristal el paisaje desolador de vías vacías que se cruzaban, pero permanecían separadas por un paralelismo infinito en el cual jamás llegarían a juntarse. Mirando hacia la campiña que se extendía más allá se preguntó por qué no salía en su busca. Pensó en encenderse un cigarrillo, pero ya ni siquiera eso le apetecía.


Cuando el tren reanudó su marcha regresó al vagón y escogió un compartimento en el que sólo viajaban dos amigas charlando animadamente. Se sentó al lado del ventanal y se dedicó a observar un paisaje tan familiar como podía serlo el trazado de las líneas de su mano. Lo había contemplado tantas veces que reconocía hasta la última mancha; árboles, casas, casas llenas de gente, de familias que no eran la suya.


El, como Merche, vivía agobiado por una sociedad cerrada e inhóspita en la que no encontraba su sitio. Sin embargo existía una diferencia, Merche regresaría a su casa aprendiendo algo, Dios sabría qué; pero él se sabía el cuento de memoria y lo único que sacaría de allí serían recuerdos borrosos que se mezclarían con el paisaje que le rodeaba, insultantemente encantador.


La vida en Viana no tenía sentido para Antón; por el contrario aquel tren color plata llevaba la dirección que él había decidido. Había escogido huir, y mientras las siguientes estaciones, Póvoa de Varzim, Vila do Conde y Labruje, pasaban de largo, sentía como las esperanzas renacían en él de nuevo.


Desechó su infinito aburrimiento planeando como en Oporto devolvería algo de calor a todo aquel frío que se había apoderado de su alma. Planeó paseos, cafés, trabajos, planeó visitas a amigos ya olvidados y hasta planeó un caluroso recibimiento en el que incluyó a gente que había muerto hacía años, sus padres, su hermana, todos estarían allí, gente que le quería, que le reconocería, que le saludaría efusivamente incluso.


Aunque distinguía perfectamente la vida real de sus ensoñaciones se divirtió durante las dos horas siguientes sintiendo todo aquel afecto inventado y deseando que alguna vez se hiciese realidad.


Por un momento albergó la estúpida esperanza de que el tren llegaría a Oporto.


Albergó la esperanza de que el camino que tantas veces había comenzado tuviese un fin, de que se libraría de aquella camarera que jamás le reconocía, de aquel revisor que jamás se haría amigo suyo, de aquel paisaje que se le aparecía tan irreal como un cuadro en la pared.


Tuvo la esperanza de llegar a Oporto tal y como se había propuesto, aún a sabiendas de que pensar así empeoraría las cosas. El ciclo se completaría de nuevo demostrándole cuanto había que no comprendía ni dominaba; su único poder era el de seguir infinitamente con el juego hasta que el tiempo de este terminase.


De repente la imagen que se le presentaba tras la ventanilla presagió el patético final. Reconoció las villas, las verjas, reconoció el cielo azul, el mar al fondo, reconoció los aires calientes, el tiempo, las estaciones, reconoció las calles que rodeaban la estación. Y vio el cartel, inmóvil en la columna pintada de un blanco refulgente que también reconoció. Reconoció su vida.


Había regresado a Viana.




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                      Cuestion de tiempo.


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Se despertó con la luz que invadía el cuarto desde la ventana. Ya no quedaba sitio para él. Se entretuvo observando los dibujos que las cortinas proyectaban en las paredes. Pensó en unas cortinas diferentes. Pensó que quizás aquellos rayos llamaban queriendo entrar y acabarían desgastando el hilo hasta que lo consiguieran. Y así sería, sólo tendría que esperar doscientos años para que la luz venciese aquella barrera física y se hiciese dueña de la habitación. Tiempo. Las cortinas eran sólo cuestión de tiempo.

Buscó el reloj con malestar. No había oído la alarma y eso significaba que se había quedado dormido. Normalmente no le hacía falta para despertarse porque tenía las ocho horas de sueño metidas en la cabeza y sin embargo el sol estaba invadiendo su cuarto para intentar asfixiarlo. Las ocho horas deberían haberse cumplido antes del amanecer. Sin duda se había quedado dormido. 

Apartó con la mano de la mesilla la bolsa vacía de patatas, el polvo acumulado de todo el mes, la lámpara y cinco vasos sucios
. El despertador no aparecía por ninguna parte. Se le cansaba la mano y la guardo de nuevo debajo de las sábanas. Descubrió que bajo el sol aún eran más confortables. Lo achacó al cariño de la mugre y a las pocas ganas que tenía de levantarse.     

-Tranquilo,- pensó, -la mugre alimenta.- Con la protección de las sábanas y las cortinas para no achicharrarse aún le quedaban doscientos y doscientos años más. Consideró el efecto protector de una mugre de cuatrocientos años. Aunque tranquilizado, comenzaba a no sentirse a gusto.

Después de media hora, sin ducharse, ni desayunar, dio por perdido su reloj de muñeca y todos los relojes de la casa, incluyendo el despertador que le regaló su madre cuando cumplió los doce años. Era la primera vez que añoraba aquel trozo de plástico rosa con la cara pintada de Don Bosco, que su madre llamó regalo útil. Si un santo fuese útil lo habría necesitado alguna vez; tampoco estaba muy seguro de que fuese santo de verdad, pero como despertador era su pesadilla. Pesadilla-útil-necesaria que no aparecía por ninguna parte.

Aún le quedaba el teletexto. Sus páginas benditas eran como el Big Ben de Londres, pero esta vez no tenían la hora. Leyó con cuidado el día, mes y año, la cadena de televisión y el número de la página. ¿Qué es el teletexto? Preguntaría un alma pura y limpia venida en viaje de exploración desde el exterior. Era una pregunta larga y tediosa de contestar. No era posible que no viniese la hora. Sin aquel cronómetro la respuesta al extraterrestre sería aún mucho más larga y tediosa. Cambió de canal. Probó en todos los canales. Nada.

Salió a la terraza y gritó como un condenado.

Si se levantaba a las seis se ponía un abrigo y un forro polar, si se levantaba a las nueve sólo el abrigo y si se levantaba a las diez solo el forro. Si regresaba tarde se llevaba los guantes, si regresaba muy tarde también la bufanda a juego. Si regresaba pronto los guantes y la bufanda se quedaban en casa. Si se levantaba a las seis regresaba pronto, si se levantaba a las diez regresaba muy tarde y si se levantaba a las nueve se llevaba los guantes por si acaso. Qué coño de hora era, a ver.

Comenzó a gritar de nuevo.

Recordó el servicio de reloj telefónico y, como no recordaba el padrenuestro, mientras pasaba las páginas de la guía le rezaba a Don Bosco todas las recetas de cocina que se sabía de memoria. Para eso era cocinero.

No lo encontró, pero nunca era capaz de encontrar nada en aquellas biblias infernales. Una vez buscó su nombre y resultó que lo habían escrito mal, así que perdió la fé. Y Don Bosco sólo te ayuda si CREES. Quizás el tipo se había enfadado porque siempre se había referido al regalo útil de su madre como parida de mierda.- Pero si es precioso,- le contestaba ella,- y además tan, tan necesario...-.

De repente se encontraba muy furioso, muy nervioso, aterrado. Se dio cuenta de algo inexplicable. Los presentadores de la televisión no llevaban en las muñecas mas que piel y huesos, ni sangre en las venas, ni reloj. De repente sintió miedo.

Salió de casa inquieto y malhumorado, vestido con un jersey gordo y una chaqueta de lana. Se  sintió ridículo. Ridículo, inquieto y malhumorado. Su vecina de diecisiete años, Mamen, salía del ascensor en ese momento.

-Hola. Ji, ji, ji.- Mamen le consideraba bastante potable, pero un poco mayor. El hombre ideal.
-Mamen, no cierres, ¿tienes hora?
-Ji, ji, ji. De la compra.
-Que si tienes hora.
-Ji, ji, ji.
-Mamen, ¡la hora!.- Le dijo mientras le enseñaba la muñeca.
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El amable arcoiris.


Erase una vez un arcoiris muy amable.

-¿Podemos tocarte?.- Le preguntaba la gente.
-Sí, claro.- Contestaba él.

En el pueblo todos tenían las manos de colores.

Un día hicieron una fiesta en su honor y todos se pusieron sus impermeables, porque el arcoiris y  la lluvia siempre vienen juntos.

Como era tan amable, para darles las gracias el arcoiris pintó de colores todas las casas del pueblo y la lluvia lavó todas las ventanas.


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                   El niño-ratón.

Erase una vez un ratón chiquitito que tenía mucha hambre.

Encontró en su camino una casa y se comió toda la comida del perro, que estaba en la puerta.

Entró a la cocina y se comió todo el jabón de la despensa.

Después fue al salón y se comió las galletas escondidas encima del armario.

Luego entró en el dormitorio y buscó algo para comer.

-¡Huele a leche!-, pensó, y descubrió a una chica durmiendo la siesta.

Subió hasta una teta y empezó a beber de ella.

-¡Que rica!

Tanto bebió que poco a poco se fue convirtiendo en un niño pequeñito.

La chica despertó y le contó este cuento para que se quedase dormido en sus rodillas.

-¡¡Quiero que seas mi mamá!!-, le dijo el niño-ratón.







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HAMBRE DE LOBA.

La loba se pasó la lengua por la cara. El hambre, difícil de calmar, le roía el estómago; los ruidos en su tripa la acompañaban a todas partes. Pero no era la suya la que le atormentaba, sino la de los pequeñuelos que la miraban suplicantes. También a ellos les acompañaban los ruidos.

No había en los alrededores nada que pudiese ser devorado. Del último conejo hacía días que nada quedaba; ni huesos, ni pellejo, ni el recuerdo del banquete.

Los tiempos se habían endurecido, como cada año con la llegada del invierno; pero los tres pequeños no pasaban frío. Bien arropados la miraban y con sus grititos le explicaban, le decían. Ella no quería oirlos, aquellos chirridos resonaban en sus tripas más que los suyos propios.

Se acercó a los enanos y les limpió las caras, uno por uno. Ellos le respondieron con revolcones, contentos porque creían, sabían, que su madre acabaría con el hambre. Como haría siempre.

Era el más pequeño el que siempre salía perdiendo en las peleas. Había mamado menos tiempo que el resto pero con más ansia. No estaba más gordo, pero la lucha lo había robustecido y era el favorito de la madre.

Como sus rivales eran demasiado fuertes, andaba siempre vagabundeando por la cueva, escarbando en los rincones, encontrando de vez en cuando tesoros que acababan sin remedio en las mandíbulas de sus hermanos. Mientras ellos mamaban el pequeño solía mordisquear a su madre, jugando para hacer tiempo hasta que los otros terminaban. Ella se había encariñado mucho con él, aunque le tuviese que apartar a gruñidos, aunque supiese que al final le tocaría morir, y quizá por eso.

Dar de mamar era suficiente esfuerzo como para que encima un enano descarado le mordiese las orejas.

Cuanta menos comida tenían más paciente era ella. Pensaba que no notarían el hambre si jugaba un rato con ellos y les distraía. En parte era cierto y en parte no. Todos, sin embargo, parecían comprenderlo y las tardes de invierno pasaban largas entre la escasez y los mimos, siempre calentitos en su madriguera.

Se dispuso a salir de caza. Esta vez tendría que alejarse bastante, así que se despidió de sus pequeños dormidos con una larga mirada de loba. Era noche cerrada. Afuera en los peñascos el agua del rocío se helaba entre las grietas. Llegó con cuidado a las cima del más alto de ellos. Aquel donde solía subir para otear el panorama. La luna era una línea delgada en el cielo, las estrellas serían su única luz; pero miles de ellas, cientos de miles, no llegarían para iluminar la presa que necesitaba.

Olfateó con cuidado durante largo tiempo, reservando su aguda vista, afinando el oido, en busca de la menor pista de vida, la más imperceptible. Deseándola. De repente una manada de cien ciervos pasaron por su imaginación, haciendo temblar la tierra con sus pezuñas. Comprendió que se estaba distrayendo.

En la foresta la noche multiplicaba los sonidos, acompasándolos con el aire que iba y venía entre los matorrales. Presto atención, inmóvil, pronta a descubrir una nota  discordante en la canción del bosque.

Sus años de entrenamiento la habían vuelto paciente y no se desesperaba con facilidad, pero llevaba ya varios días sin comer y la situación lo requería: hoy tendría que acercarse a la aldea.

Tendría que robar a los campesinos de las afueras algún animal, alguna gallina, alguna oveja quizá, sería bueno poder comer algo de carne. Sabía el peligro que correría, los riesgos de las represalias sobre sus pequeños. Rebuscaba en el aire algún rastro que impidiese una aventura tan arriesgada, pero las estrellas que marcaban su destino no dormían. El invierno estaba siendo demasiado crudo para andarse con tantos escrúpulos.

Bajó del peñasco y a paso vivo alcanzó el sendero que varios kilómetros más abajo la llevaría hasta la aldea. Busco rastros de madrigueras, rebuscó entre las cagadas frescas algún indicio, comió de algunas de ellas. Era un alimento pobre. Deseó que alguna carroña en buen estado se cruzase en su camino. No sería la primera vez que la suerte la había sorprendido en el último momento.

Los hombres de las granjas cercanas tiraban desechos suficientes para alimentarse toda la estación, pero era peligroso acercarse a pedir. La hermana vaca, la mujer, el hermano perro habían perdido su libertad y vivían prisioneros de los hombres, que les quitaban sus cachorros y los hacían vivir encerrados a cambio de comida y cobijo. Incluso habían olvidado las viejas costumbres y ya no hablaban la vieja lengua. Ella los había visto y nada podía hacer por ellos.

La sola visión de un campesino a lo lejos solía erizarle todo el pelo del cuerpo. El miedo era una buena defensa, la mejor. Impedía una lucha que ella intuía desigual. El hombre era un animal extraño, fuerte, temible por su crueldad. Su instinto le aconsejaba que tuviese cuidado, pero el hambre que la corroía la impulsaba a seguir adelante sin detenerse. Llegó a las inmediaciones de la primera granja al amanecer.

Necesitaba un  plan, un buen plan, para acercarse sin ser vista. Con su agudo oído captó los ruidos matinales de la casa. Olió lo que sin duda era cerdo muerto en un incendio, aunque ningun incendio veía. Quizá pudiese comer algo de cerdo pero los hombres no compartirían la comida con ella. Oculta en la vereda del camino, cerca de donde los cultivos comenzaban sintió el sol calentando débilmente su cuerpo. Cómo deseaba que la primavera hubiese comenzado ya...

La puerta de la casa se abrió para dejar salir a una mujer alta de cabello oscuro. La vio acercarse al corral de gallinas con un cubo y echarles en un rincón algo que ellas no tardaron en dar cuenta. El revuelo la hizo relamerse, los aleteos y las plumas le abrían el apetito.

Dejó la puerta del corral abierta para que salieran. Quizá hubiera algún huevo fresco entre la paja, pensó. La granjera debió de tener la misma idea porque desapareció en el interior del corral y salió de él con algo que con cuidado transportó entre las manos hasta la casa. Era el precio que pagaban las gallinas a cambio de las mondas, sus cachorros. Al pensar en ellos un latigazo de hambre la obligó a concentrarse de nuevo.
Las gallinas comenzaban a inundar el camino para buscar en la tierra endurecida algún gusano mientras estiraban las patas. La madre se relamió: patas de gallina correteando. Los sonidos de su estómago y la saliva ácida, estaba segura de que su hora llegaría.

Poco a poco la granja la fue despertando. Vio a un hombre que se despedía de la mujer armado con una herramienta que lo hacía más grande y amenazador. No era muy alto, pero a la madre le pareció de la estatura de un gigante.

La huerta ocupaba toda la ladera sur de la colina, con nada más que coles resecas por el frío. Y las gallinas. Volvió a relamerse con impaciencia. Tenía miedo. Esperaría un poco más. Quizá el calor del sol invernal hiciese salir a algún animalillo salvaje incauto. Esperaba este milagro o alguno parecido, inmóvil entre la maleza.

Sus ojos brillaban hundidos en su cara flaca como si fueran dos estrellas lejanas. Aquel invierno de nieves había aguzado sus rasgos hasta convertir su cara en una mueca que recordaba vagamente a la de su madre. Se había visto reflejada en el agua del riachuelo que corría cerca de su madriguera. Se vio sin verse, sin reconocerse casi. Tenía mucha hambre.

La mujer entraba y salía de la casa. El hombre había desaparecido de su vista por el camino que corría detrás de la colina hacia el pueblo. No se decidía. Se sintió débil y cansada. Echó de menos a sus pequeños, parecía entonces reflexionar profundamente, con la vista perdida y sabia, pero solamente estaba cansada, medio desmayada por el olor del desayuno de los granjeros.

Volvió la vista hacia las gallinas, alguna parecía querer perderse, afortunadamente para ella, pero no para la gallina, claro.¿Se pondría por fin la suerte de su lado?. Sigilosamente camino sin ser vista entre las hierbas altas que rodeaban los campos.

Algunas parcelas estaban siendo trabajadas para airear la tierra, esperando que recogiesen el agua de la lluvia que debía llegar en pocas semanas. El fin del invierno se acercaba y los trabajos de la huerta comenzarían para los granjeros. Había mucho que labrar y que limpiar para las nuevas cosechas. La mujer, armada con varias herramientas trabajaba con decisión  en un bancal del fondo. La loba  podía oler su sudor, su olor humano. El miedo volvió a recorrer sus puntos nerviosos y la hizo mas precavida.

Los granjeros consideraban suyos a sus animales. Estaba segura de que no sería bien recibida.

Fuera de la vista de la mujer y sin rastro del hombre se sintió más segura y decidió acercarse hasta la gallina más imprudente. La que más se alejaba del grupo era siempre su favorita. Corría esta a lo largo del muro de piedras que rodeaba la granja. Se encaminó hacia allí sintiendo de repente un olor distinto, tierno, que le hizo volver la cabeza.

A medio camino entre la casa y la gallina,  un cachorro humano dormía distraído. La mujer, lejos, no había advertido la salida del bebé. Ningún peligro corría, puesto que los alrededores eran tranquilos como sólo una mañana invernal puede serlo.

La madre loba observo con cuidado al cachorro alejado de la casa y recordó a sus pequeños dormidos en la madriguera, esperándola. El aroma del niño, inconfundible, la hizo enternecer. Olvidó a la gallina y olfateó de nuevo al pequeño. La mujer no lo había advertido pero para la loba el olor del niño flotaba en el aire tan claro como el cerdo del desayuno.

Debía decidirse. La mujer estaba fuera de su vista, lejos entre los patatales. Para ella, cuyos sentidos eran tan agudos como limitada su memoria, la mujer no estaba. Un cachorro solitario moriría sin duda.

Debía elegir entre cazar una sabrosa gallina y saciar su hambre o salvar a un pequeño de otra especie, a un pequeño perdido. Pensó en el menor de sus cachorros, en que casi ya no le quedaba leche y se estremeció. Todos los animales al acecho lo atacarían sin duda, no tendría ni una oportunidad. Cualquier madre haría lo mismo, decidió. Debía salvar al pequeño, siempre habría teta para uno más, quizá podría volver a por la gallina otro día. El frío que sentía la convenció. Quizá no hubiese mucha comida, pero su madriguera era caliente y segura.

Se acercó al pequeño y con sus fauces aterradoras pero con infinito cuidado lo recogió del suelo para llevárselo. El dulce olor del bebé dormido hizo que su hambre desapareciese por un momento. Quizá a sus pequeños no les pareciese bien la llegada de un intruso, el tiempo haría que aprendiesen a aceptarlo.

Ella cuidaría de todos como había hecho siempre.

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Hotel
Lagarta.
              
            
La chica llorosa levantó la vista del teléfono movil, que sujetaba hasta dejar blancos sus nudillos. El cielo esperaba tras los muros grises de las nubes, grandes masas de vapor de agua que dejaban traslucir los primeros rayos del día.

Pero aún quedaban casi treinta minutos de noche para regalar a los malditos, los desheredados y los currelas que poblaban las cafeterías a esas horas de la mañana.

Ella no era una trabajadora, al menos no en ese momento. Desheredada hubiese requerido en el juego una herencia; tampoco entonces. Definitivamente maldita, había pedido al camarero un café con tostada.

Mientras se lo tomaba pensaba en cambiar de nombre. Estaba dando a su vida un giro radical. Todo menos parecer una colegiala llorona con mocos. “Amanda”, se le ocurría...

-Amanda...
-¿cómo?-, le preguntó de refilón el camarero mientras le ponía delante de los ojos, enrojecidos por el llanto, la taza de café tamaño desayuno.
-¿Perdone?-La leche caliente?.- el tipo parecía fastidiado, y sólo le quedaban ocho horas de trabajo.

El camarero, armado con las dos jarras de leche, la caliente y la fría, no tenía ganas de charlar. Amanda consideró el hecho de quemarse la lengua, treta usual entre los camareros del centro de Madrid.

-Normal, caliente.

El tipo le relleno la taza hasta diluir por completo la dosis y Amanda comprendió que tardaría horas en poder agarrar la taza sin quemarse.

Una sola palabra de más y rompería a llorar, agradecida por el contacto humano que suponía la voz del hombre que tenía enfrente.

“Mejor”, pensó, “así mato el tiempo”. Algo en la situación había de hogareño y fascinante. Ella intentó encajar en la barra como si fuera la parte viva del decorado de una foto, si seguía lloriqueando en público comenzaría a darle vergüenza.

La gente de los bares a las seis de la mañana no se inclinaba por consolar lloronas, no era el lugar idóneo para desahogarse.

PENSÓ QUEalgun tipo de accesorio podría distraerla. Se volvió hacia la izquierda y vio la maquina de tabaco. Manejar monedas, tomar decisiones, coger su vida por los cuernos...debía poseer un paquetillo de aquellos para rellenar el inmediato cuarto de hora de su vida, el único
importante.

Eligió la marca con cuidado. No quería cometer el error de presentarse en la nueva sociedad que la recibiría con amaneramiento o vulgaridad. Osadía era el tono correcto. Eligió el paquete de diseño más audaz, el de circulitos.

“Hay que ver”, pensó, “en que detalles tan nimios vive el ego, de que manera tan sencilla se alimenta”.

El camarero observó el ritual de talante aparentemente despreocupado y casual de la fumadora; “finge”, se dijo,  ”le tiembla la mano”.

-Perdone, ¿tiene fuego?
-Quédeselo.

En el mechero verde y diminuto que se sacó del chaleco se leían unas palabras  escritas en color plateado; pero en vez de encender el cigarrillo apretó el pequeño mechero con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

Levantó la vista hacia el espejo, que le ofrecía su imagen mas acabada, trastornada por la emoción de una idea y repitió las dos palabras que había leído.

-Hotel Lagarta!-, murmuró.

El café, tóxico muy poderoso, hizo que su mente corretease disparada en todas direcciones.

Podía describir perfectamente las plantas de la barra, contar las colillas del cenicero, lamentar su mala suerte, imaginar un látigo en la barra y hacer todo ello a un tiempo sin conseguir memorizar nada y sin hilar un solo pensamiento.

Alimentarse era una prioridad, ella ante todo era una animal.

-Me echa un chorro de aceite en el café?

Mojó una tostada de mantequilla y confitura de extracto de melocotón de cámara y recibió una descarga de cariño. Tenía que comer para poder fumar. Cariño y exotismo.



                  Al no estar la situación
                    En nuestras manos
                       La óptica es
                      La única opción
                    Hacia la perfección.

                                yurena




              


El mediodía reinaba en la penbrumbra de las sombras. Dos aceras claramente diferenciadas se alzaban sobre la alfombra de asfalto, que las autoridades habían concedido a la industria del automóvil.

El pleno sol acariciaba cada centímetro cuadrado como si de barniz se tratase. En Madrid, aún en Marzo, el sol arrecia y el aire se diluye en la luz.

Gabriel, el vampiro del hotel, se arrebujó entre las sombras de un soportal y descansó. Había cruzado la calle con cuidado, los ojos protegidos por cristales, la piel de su cara y cuello profusamente maquillada, gorra, cuello alto, calor.

Sin embargo, pese a todas las precauciones, un coche a toda velocidad, conducido por una rubia perfecta, retrasó su llegada al refugio sombra al menos cinco segundos.

Sólo tres segundos de más producían quemadura, cuatro segundos prometían llaga, cinco segundos eran más de lo que un vampiro madrileño podía soportar al mediodía.

De pie, apoyado en la fresca pared alicatada, tarareó una cadenciosa y fúnebre melodía que refrescó su espíritu y fortaleció su epidermis.

La exposición había resultado excesiva. Extenuado comenzó a visionar mentalmente el negro sin poder evitar tonos verdosos e incluso fogonazos de luz.

Debía regresar a casa, prepararse unas rayas, dormir incluso, sólo una raya entonces, una puntita. Nada. Soñar con Inglaterra en otoño, pasear por bosques goteantes, no, no, mejor la metrópoli, soñar con el negro ciudadano, sí, la sensación de quemadura era menor ahora.

Ninguna melodía playera incandescente le distraería, calor, música en un coche a toda velocidad, tambores, calor, quemadura, mierda.

Inglaterra y violines, faldas, escocia, rodillas peludas, highlands, mar verde, gris, gris, negro. Descansó. En ese momento apareció un habitante del edificio. Perdió el conocimiento.

Cuando recuperó la consciencia se arrastró de nuevo hacia el rumbo de la acera, sus líneas le llevarían a casa. Sin saber como se encontró en la alfombra de su habitación.

Dormía profundamente cuando llamaron a su puerta; alguien invitándole a comer.

-¡Pasta con garbanzos! ¡eh, Gabriel!, serás vampiro...





Amanda entraba al portal del hotel con cierta dificultad debido al cigarrillo que estorbaba sus movimientos. En el mismo momento en el que cruzaba el umbral de la puerta un tipo de negro bamboleante, le daba un empujón intentando entrar al mismo tiempo que ella y se ponía a hablar en la oscuridad con unos operarios. El cigarro describió un ocho perfecto en el aire y le chamuscó el pelo.

Dejó pasar al apresurado y se dispuso a preguntar en la portería. Le atendió un mocetón lustrosísimo. El hombre más grande del portal.

-Perdón...
-¿Sí?
-¿Hotel Lagarta?
-El primer piso. Pregunta por Yalisa, es la dueña.
-Gracias.

Yalisa resultó ser una sonrisa simpática y se quedó a vivir allí. Tenía que marcharse a trabajar rápidamente, así que dejó las cosas en su nueva habitación, saboreó la satisfacción de poseer una llave y salió corriendo.



                                               


                         Un artista necesita
                         de cierta arrogancia
                         para superar
                         la timidez de su publico.



La Boca C del infierno la guarda un demonio de angustia y sufrimiento. Es un espacio limpio de energías que no despierta sospechas psíquicas.

Era la hora de que se hiciese frente a la carga negativa que dominaba el mundo consciente. La falta de conocimientos había desequilibrado a las fuerzas alegres y positivas; al contrario de las fuerzas oscuras, que eran más dadas a la organización.

Era la hora de que las hordas blancas en la sombra se manifestasen.

El demonio que guardaba la puerta lo sabía, que el momento se avecinaba, que tendría que decidir. Por eso había pedido aquel traslado, aunque fuese un puesto inusual en un demonio de su categoría. El era Asco, pero estaba cansado del infierno. Asco quiso ver la luz y consiguió un bajo mal iluminado, pero el estaba satisfecho.

Tantos años sumido en el reino de lo tenebroso hicieron que los veinte días de aclimatación pareciesen no tener fin. Cuando cesó la sensación de error se dio cuenta de que había dejado se sentir placer al hacer el mal.

Lo morboso le dejaba indiferente. Veía a los humanos como seres dulces y musicales, pero incapaces de expresarse. Le había cogido cariño a la tendera, jugaba con los dos hijos de Yalisa en el portal, se había enamorado de una chica y vivía con ella, allí, en la Boca del infierno.

Intuía que sus superiores  estarían descontentos, pero mientras él guardase el acceso a la boca C cumplía de sobra con el trabajo.

El mal era una actividad ardua. Del bien uno se apartaba con facilidad, el mal era más exigente.
¡Qué se ocupasen sus congéneres de ostentar corporativismo!, el había decidido ser un mal demonio.

Pero todo esto cambió el día que llamaron a la puerta, a la puerta de la Boca. Querían utilizarla.  Avisaron en sueños con la típica pesadilla. Además, señales inconfundibles le rodeaban cada vez más frecuentes.

-Oye, cariño...
-Sí?
-Si aparece un templario por el salón,...
Ella  se reía.

-Solo tú podrías llamarle salón a ese cuarto. No cabe un templario ahí, bobo.

Se rieron con la felicidad del que quiere aparearse. Posiblemente no fuese una buena fecha para reproducirse. La cosa se iba a poner calentita si las bestias del pánico comenzaban a visitarles.

-Oye, van a venir unos amigos.
-¿Ah, sí?-, preguntó distraída Rosa, -¿cuándo?
-Pues no se, no se si vendrán.
-Hace mucho que no los ves?
-Son del ejercito.
-Cuéntame historias de machos templarios...- Rosa se abrazó al torso de Isma con naturalidad.

En la radio sonaba un bolero. Enardecidos, bailron mirándose a los ojos. Era una suerte para Ismael estar enamorado, contrarrestaría la marea psíquica-destructiva que amenazaba su hogar.

Se besaron con quietud. Pequeños espasmos les sacudieron, lo cual presagiaba polvo, quizá fecundación. Un ser enano y precioso como ella jugaría encima de las baldosas del salón, bajo las que se escondía la boca C.

Desde allí un túnel, de alto como un caballo árabe, recorría el espacio entre el edificio del hotel y la pequeña iglesia del final de la calle.
El edificio pertenecía a la archidiócesis de Madrid.

Había sido una casa de lavados, una fonda, una churrería y un solar. Cuando la especulación cubrió como una nube negra el cielo de la ciudad, la Iglesia obtuvo pingües beneficios construyendo edificios de vecinos en sus solares. Una tranquila comunidad era la cobertura perfecta para la Boca C.

Muy pocas veces tenía Ismael incursiones demoníacas en el edificio.
Ese día dos supuestos operarios del ayuntamiento intentaron convencerle de que debía instalar un nuevo cableado de televisión que abastecería al edificio y pasaba por su casa.

-No, gracias.

Ismael no quería desentonar diciendo que el no veía la tele, porque el aparato, gigantesco, dominaba la pequeña salita de la portería.

El técnico de más edad acarició el plástico de la enorme caja.

-Aún está caliente. A nosotros no va a engañarnos con esas. Además no le va a costar nada porque paga la concejalía.

-Lo siento.-Había sido su novia viendo películas de video la que había recalentado el motor del aparato.

Allí no podía utilizar ningún tipo de magia, no funcionaría. Pensó en aterrorizarlos con algún sencillo truco de clown pero no quería habladurías en el barrio.

-No se ponga asín.

-Voy a llamar a la policía.

-No se preocupe, tiraremos el tabique de afuera y pasaremos el cableado por el pasillo. Serán seis meses de polvo y ruido.
-Pondré la tele.

Les cerró la puerta con aprensión. Aquellos no eran operarios normales. Parecían mas musculosos de lo que era normal en un albañil, lo que ya es decir. Algo iba a suceder.

Su novia estaba a punto de venir y no quería interrupciones.




Yalisa Lagarta, la dueña del negocio, ocupaba las habitaciones más espaciosas del primer piso, donde estaban también el salón común y la cocina.

El único teléfono del hotel estaba instalado al lado de la puerta de la entrada y sonaba constantemente, repartiendo llamadas de todas las partes del mundo.

La llave que Amanda llevaba en su bolsillo pertenecía a la habitación mas cercana a la puerta, o sea, al teléfono. Esto era por que era la última en haber llegado.

La suerte había querido que el inquilino de la habitación contigua se marchase. Esto había provocado el habitual reordenamiento de habitaciones.

Pablo pasó a la habitación recién liberada y Amanda a la de Pablo. Fue entonces cuando el teléfono sonó.

Coger el teléfono en mitad de la noche, salir al descansillo, buscar por el pasillo a una  tal Amanda(¡otra Amanda!), sin saber ni su número de cuarto , ni su aspecto físico( todo porque era una llamada desde Australia, lo cual la impresionaba bastante),... las agujetas no la dejaban respirar. El trabajo de jardinera era duro en aquella época. Probó primero con la puerta de al lado.

-Amanda?

-¿Qué?- Apareció un tipo en bata.- Amanda, ¿dónde?

-Amanda, hay una llamada de Australia para Amanda.

Hubiera charlado durante toda la noche con aquel jovencito de aspecto freak. Sus pupilas estaban dilatadas por el opio, tardó un rato en comprenderla. La visita le había interrumpido un pensamiento muy placentero relacionado precisamente con Amanda laus(traliana).

Al cabo de un rato comprendió la situación de la nueva telefonista.

Amanda laus vivía en el piso de arriba. La chica nueva tardaría horas en dar con la habitación. Quizá fuese una llamada importante. Desde luego, tener la oportunidad de darle el recado él, personalmente, a su musa era importante.

-Vale, voy yo. ¿Eres la nueva?

-Sí, llegué hoy. Pero no conozco a nadie.

-Bueno, subo a dar el recado.- Se alejó temeroso de la verborrea de la chica.

-Creo que me he enamorado.
Consideró el error de quedarse con lo primero que encontrase y luego recordó lo amarillento de las sábanas. Miles de espermatozoides secos podrían volver a la vida y fecundarla accidentalmente.

Decidió enamorarse de Pablo, porque este ocupaba la habitación contigua. Ella no quería amigos. Sólo quería follar y follar.

Se metió en las sabanas de su nuevo amor, jamás las lavaría. Se sintió feliz y acompañada.

Yalisa estaba feliz con su nueva inquilina. Veinticinco años, alta y algo despistada, su madre le pagaba la habitación. Una chica...

Los hijos de Yalisa crecían básicamente entre mujeres. El padre de los niños había muerto de hepatitis y le había dejado a ella un hotel medio tranquilo que funcionaba bastante bien.

Los niños iban al colegio y eran felices. Su primo en cambio no conseguía adaptarse y andaba un poco desorientado.

Abel Lagarta era un puma. Sus ojos lo traicionaban. En Malasaña, era un negocio complicado.

Se divertía organizando ceremonias inesperadas que asustaban a los inquilinos del hotel. Sólo dejaba tranquilo al portero. Por alguna razón su magia no funcionaba allí.

Abel creía que los inquilinos del hotel eran tontos y vulgares jovencitos, que no sabían ni cambiar un enchufe.

La nueva inquilina le sorprendía desagradablemente ahora que veía el trasiego de maletas, libros y objetos inútiles que inundaban el pasillo. Otra occidental cargada de lastre, carente de humildad y de fé.

Decidió estropearle con su magia el cierre de todas las cremalleras.

Cómo pensaría esta chica meter dos metros cúbicos de pertenencias en la habitación más pequeña del hotel...

Las niñas, en cambio, parecían felices esparciéndolo todo por el pasillo.

-Y esto, ¿qué es?

-Un compresor.

-Y eso, ¿qué es?

-Comprime el aire, es para pintar.

-¡Pintar! ¡Bieeen!

No era fácil, pintar; que lo supiesen ya. Les dio una larga explicación acerca de aerógrafos y disciplina.

Ellas sonreían felices de que alguien les hiciese caso, escuchaban cada palabra y miraban el cacharro emocionadas.

-¡Un compresor!

-Parece una hormigonera.

La mañana discurría apacible entre las niñas y su interminable tarea.

¿Dónde podría colocar los libros de su infancia? ¿qué haría con diez pares de zapatos, algunos valiosísimos? ¿realmente se ponía aquellos jerseys? Quizá tuviese que comprarse ropa nueva, ¿dónde la metería?

-¿Cómo os llamais?

-Jose.

-Nayara.

-¿Queréis pintar? Mirar, aquí tenéis las pinturitas, el papel, os sentáis aquí mismo.- Ayudó al pequeño a subir a la cama- y me dejáis tranquila, ¿eh? Hum,... ¿qué os parece este jersey?

Le miraron inexpresivas.

-Feo.

-Vale. Además, no le funciona la cremallera.

Yalisa salió al balcón satisfecha. Las niñas entretenidas y algunos minutos de tiempo libre era lo que ella necesitaba en ese mismo momento.

Algo, sin embargo, la turbaba. ¿Dónde andaría su primo? Abel nunca colaboraba en las labores del hotel, pero no iba a dejarlo en la calle por eso y de un primo no te podías divorciar. Además, un puma en la calle sería peligroso. Quizá no hubiese tenido que abandonar la selva.

Ella se aprovechaba de su autoridad masculina. Yalisa escogía a sus huéspedes dentro del tipo inofensivo. Los estudiantes extranjeros eran sus preferidos. Si no eran la mayoría, eran un clan necesario.

Con sus sencillas intrigas y sus fiestas daban un aire alegre a la inicua decoración del hotel.

A pesar de que las habitaciones de su familia rebosaban de artesanía y olores amazónicos, el resto del decorado era sencillo hasta ser grosero.

Yalisa volvió a mirar de reojo la carísima butaca azul eléctrico, de diseño, que alguien había tirado a la basura por una quemadura en el cojín.

Quizá fuese la princesa que dormía sobre diez colchones y todo la molestaba, o una patrona de hotelito. Quizá habían redecorado la casa en ocre y la butaquita se salía de tono.

-¿Dónde creerá que voy a colocar esto?

Abel la había encontrado un par de calles más arriba en su habitual ronda nocturna con la furgoneta de un amigo.

Todos los muebles de la pensión habían sido reciclados en el mismo barrio. El día más fructífero solía ser los jueves, que era el señalado por el ayuntamiento para recogida de trastos viejos.

La lucha entre las contratas municipales y los vecinos era cada día más feroz. El barrio entero salía los jueves por la noche para adquirir nuevo mobiliario.

Abel había observado como un pequeño motín se iba gestando entre la población. La mesa del salón la consiguió convirtiéndose en puma, una mesa de teca, que olía a selva.

La bicicleta de Josito. La colección de libros de novela negra. La calle llamaba.

Los operarios eran fríos y crueles, trabajaban a destajo y no dejaban a la gente rebuscar a gusto. En la ciudad, las relaciones humanas estaban pervertidas, el tiempo era un problema. La selva llamaba.

Yalisa miró la butaca como a un montón de caca en un ascensor. Pensaba que aquella butaca provocaría envidias, envilecimiento y presunción. Se gestaría una desunión entre detractores y gente a favor.

-Me encontraré a dos follando ahí cualquier noche.

Si la metía en su casa, las niñas se pelearían por sentarse en él, la ensuciarían y ella tendría que regañarlas. Había para Yalisa una sutileza en el contexto que abrigaba la conversación.

Se sintió fatigada. En su región los muebles eran fabricados a mano. Ataulfo Yerra era el artesano de su pueblo. El carpintero fabricaba las estructuras y Ataulfo las recubría de adornos con la técnica del trenzado. En realidad cualquiera que supiese de clavos y necesitase sentarse, hacía una silla.

Los objetos tenían alma, historia; generaciones de una misma familia los utilizaba. Se cargaban de recuerdos buenos y malos. Te recordaban quien eres, te acompañaban y eran la conciencia muda de la casa.

En Madrid todo parecía prescindible. En el Hotel Lagarta nada había que ofreciese información. Sus huéspedes eran libres. Nadie podía reproducir el carácter nefasto de la persona que solía ocupar tal o cual sitio. La memoria se borraba y volvía a rellenarse.

Era más sencillo abandonar un lugar si este no se poblaba de recuerdos. Así eran los hoteles,
fácil entrar, fácil salir.

Cuando su hermano entró por la puerta se le endureció la mirada.

-¿Adonde vas con este trasto? No pensaras dejarlo aquí.

-No, no, me ha pedido el de la peluquería una par de butacas alegres. Pero es que la verdad,... me gusta. Igual me lo quedo.

Yalisa se resintió, puesto que ya había decidido quedárselo para su cuarto.

-Un puma en una butaca...

Él la miró torvo, ella desconfió.

En ese momento las niñas irrumpieron en la habitación. Amanda les había regalado a cada uno dos lápices de colores, con los que pensaban hacer sopa.

Yalisa observó como Josito introducía un lápiz en la quemadura del cojín y suspiró.

-Nene, es el sofá del tío, no lo rompas.

-Pero mami, sólo quería saber si entraba.

-Usa la imaginación, Josito.

-Josito es tonto, Josito es tonto...

Cantaba Nayara, saltando. Josito se enfadó y rompió sin querer la tela. Yalisa le pegó una torta.

El estruendo del bofetón resonó por todo el cuarto. Jose lloraba de rabia, de miedo, y de aburrimiento.

Su tío les sacó de allí con cualquier excusa. Ella miró al mueble afectada. Odiaba a aquel silloncito, odiaba a su primo y, ahora, su hijo la odiaba a ella.

Miro a la butaca como a un montón de caca en un ascensor.

De camino a la cocina pasó por delante de la puerta abierta de la chica. Cajas de libros abarrotaban el suelo, montones de ropa poblaban la habitación. Otro montón, de zapatos, salía por debajo del armario. Suspiró.

-Son demasiadas cosas, esto es un hotel pequeño.

-Me las han traído hoy.

Amanda parecía tan estúpida y feliz hojeando sus libros de la infancia que deseó convencerla de que tirase todo por el balcón.

-Sabes que hay un contenedor de obra ahí abajo, yo creo que te cabería todo.

Amanda sonrió y cerró la puerta. ¡Bruja loca! ¡Sus cosas por el balcón! Salió al balcón y miró entristecida al container.

-Además ahí no cabría todo.

Cuando recorrió la calle con la vista vio a un tipo de negro, tambaleante, que se acercaba con el paso de un muerto.

-Seguro que viene aquí.

Efectivamente. Encontró que sus cosas la miraban inexpresivas, como primas fuera de lugar. Salió a comprar tabaco y se encontró en la escalera con los ojos vidriosos y el paso tambaleante del vampiro.

-¿Tienes un cigarro?

-En la habita, sube.- Le sonrió débilmente.

Quizás el tipo necesitaba ayuda para subir.

La habitación era oscura y maloliente. Ella se sintió extrañamente a gusto. Se encendió el cigarrillo con calma.

-¡A ver tu material genético!

El tipo se bajó los pantalones y se metió en la cama deshecha.

-Mi material genético sólo quiere dormir.

Y se durmió.
Estaba claro que el tipo no estaba loco por ella. Consideró la opción de un maleante como futuro padre. Sería enternecedor verle jugar con la nena a la salida de la cárcel.

¿Adonde bacón un padre escritor, rancio y mimado?

Cerró la puerta con suavidad, para no despertarlo. Decidió enamorarse inmediatamente de él.





Capitulo4


Pablo llamó a su padre alborozado y feliz.

-¿Cómo que tienes una floristería.
-No es mía, soy el encargado.
-Pablo..., tu crees que el futuro es algo que aparece sin más, hijo, hay que pelearse las cosas, esforzarse al máximo. Joder...

Constantino, el padre de Pablo, iba conduciendo su lujosa berlina, camino del Club de Campo. Dudaba de que con un hijo florista su psique de empresario pudiese presumir allí de algo.

En aquel momento se levantaba la barrera blanca y roja de la entrada, accionada por la nueva vigilanta.

-Buenos días.
-¡Hombre, papá, no te pongas así...
-No, si se lo decía al vigilante, siempre hay un nuevo vigilante, no duran nada trabajando aquí.

Constantino hubiese sido feliz con un viejo mayordomo sempiterno, casi de la familia. El, saludándole afectuosa pero distanciadamente, el mayordomo, llamándose Fermín; ambos viviendo en una mansión de campo estilo inglés, Constantino Manor by-the-sea.


¡Cuánto envidiaba él los rancios abolengos! Su vida de empresario había sido fulgurante pero trabajosa desde el principio. La gente de abolengo no estaba obligada a dedicarse tanto.

Constantino  procedía del centro de Madrid, de Lavapies exactamente. Su padre tenía un colmado que había heredado de su suegra. En tiempos de postguerra era, junto a las tascas y los burdeles, uno de los negocios mas rentables.

Era casi imposible pasar hambre cuando vendías comida. Casi todas las familias del vecindario les debían favores. Constantino padre parecía una persona bondadosa a la que no le importaba vender fiado los productos más básicos, como harina integral o legumbres.

Casi todo lo que vendía era traído de extraperlo de su pueblo. En casa del pequeño Constantino jr. abundaban los embutidos y las manzanas.

Creció con los saludos afables de todas las señoras. Acabó colocándose en una oficina de renombre debido al alcoholismo de un empresario, leal a los franquistas, agradecido con su padre por aprovisionarle gratis la bodega.

Desde el primer momento el Constantino jr. se sintió bien considerado. Esta apreciación social le persiguió como una orden durante lo que fue una de las ascensiones mejor premeditadas del mundo empresarial fascista.

Con cariño, casa propia y una buena colocación, Constantino comenzó a relacionarse casi exclusivamente con gente de dinero. Comprendió que la única de poseer riqueza era necesitarla.

Frecuentó los círculos más selectos que estuvieron a su alcance con el único objetivo de enamorarse de una heredera. Consiguió así casarse por dinero y por amor.

Aunque a él le hubiera gustado tener un montón de hijos, él y su mujer decidieron quedarse en el cómodo número tres.

Lola, la hija mayor, desapareció un buen día con la excusa de una gran carrera en el mundo de los automóviles. En aquellos momentos era la representante comercial de una empresa de asfaltados en Méjico. Un negocio que no podía fallar, próspero debido a los chanchullos del dinero de las compañías petrolíferas, los gobernantes fantasmas corruptos y su habilidad para coquetear con los agentes de la CIA.

Total, una insigne visita en Marzo y adios muy buenas.

El segundo hijo, Marcial estudiaba en Inglaterra.

Pablo, en cambio, había decidido dedicarse a la bohemia. El esfuerzo económico para estudiarlo en rígidos centros educativos, veranos en Londres y fines de semana en el Club habían resultado infructuosos.

Según Pablo, los caballos no eran seres explotados en beneficio de las relaciones sociales más pijas, sino bonitos amigos necesitados de libertad y cariño.

Ante su bochorno, Pablito paseaba a pie a la     ( que no su) yegua Estrellita mientras charlaba con ella.

A veces Estrellita le llevaba en su grupa, sin silla, ni arreos. Cuando Pablo quería girar le tiraba suavemente de una oreja. Además se negaba a disfrazarse de jockey. Sólo le faltaba andar descalzo.

Constantino jr. veía como sus amistades le daban el pésame por tener un hijo jipi, completamente alejado de la presunción que hacía falta para triunfar con las nenas consumistas del club. Su hijo no se casaría por dinero, ni por amor.


De hecho hizo la comunión porque le obligó él, su padre, de un tortazo. Lo de intentar casarlo era una batalla perdida de antemano.

A causa de sus diferencias, Pablo se escondió en los libros y no salía de ellos más que para decir “ya voy”. A su madre todo le parecía bien, el era diferente y punto.

-Pablo, la poesía no da dinero, hijo, y vender flores sólo te permitirá tener un sueldillo. Cuando vas a madurar...
-¿Estas en el club?
-Pues sí.- Y estaba solo. Su mujer se había ido de compras y su hijo le despreciaba por completo al parecer.
-¿Quieres que me acerque?

Constantino quedó gratamente sorprendido por la oferta. Su soledad paliada, alguien que se interesaba por él,... empezó a parecerle un mediodía menos horrible de lo habitual.

-Pues sí, me gustaría, hijo.
-Le llevo unas flores a mamá.

“Claro,” pensó, “tenía que aparecer con un  ramo de flores gigantesco en vez de fumando un puro y echando el humo al aire”.

-¿Cómo va vestida mamá?
-Mamá se ha ido a mirar tiendas con Carmen.
-¿Cómo vas vestido tú?
-No,no, trae unas rosas rosas y ven descalzo.

Ante sus ojos desfilaba la recepcionista más guapa de la tierra. Era boliviana, era encantadora y el uniforme rosa le quedaba como las alas a los ángeles, ligero y natural.

Encarnita, la recepcionista del Club, le saludó, como siempre, con su pose relajada de sonrisa afectuosa. Hubiera dado lo que fuese por llevarla a su casa después de trabajar para que ella se lo agradeciese chupándosela en el cochazo; el sumun de la buena vida.

Sin embargo, Encarna se comportaba con él con afecto amistoso; puro anti-morbo. En ningún momento parecía una mujer sedienta de semen. Se comportaba como una puñetera amiga; pero, ¿que dirían su mujer y los demás usuarios del Club si le veían tomando café tranquilamente con una empleada?


Seguramente la dirección acabaría despidiéndola con cualquier pretexto. Era un mundo de hombres.

-¿Rosas rosas?
-Son para Encarna.
-¿Encarnita? Vale, pero se las regalo yo, si no la pondrás en evidencia. ¿No estarás intentando tirártela?
-Por Dios, Pablo, Encarnita tiene tres hijos y un marido, no procedería.
-He dicho tirártela, no procreártela. Además, tu eres un carcamal apurando sus últimas oportunidades.
-¡Ah!, no puedo tener amigas, ¡soy un machista, un cerdo!
-Le llevaré margaritas para sus hijas. Espérame en dos horas.
-Bueno.
-Chao, papi.

Al parecer Pablito era un observador de las conveniencias, astuto y elegante. Quizás no había sido en vano todo ese dinero en colegios privados.
Se acercó al mostrador de Encarna y echó de menos un ramo espectacular de rosas rosas.

-Buenas, Constantino.
-Hola, Encarna. Resérvame a las tres una mesa para dos personas. ¡Pablito viene a comer conmigo!
-Qué bueno estar con los hijos, ¿verdad?
-Te traerá flores.
-¿Y eso?
-Es el encargado de una floristería del centro.

Dijo esto con orgullo sincero.




                               #



Yalisa andaba un poco mosca con su nueva huésped. Y eso que no sabía que era extraterrestre y de la CIA. Demasiado elegante para un hotel familiar.

Sus vestidos palabra de honor, sus faldas evasé, los fulares vaporosos y todos los etc. del mundo de la moda hicieron que todas las mujeres del hotel comenzasen de repente a peinarse.

Las erasmus sacaron de sus armarios los gorritos de leopardo, ella llevaba puesta su camiseta de cuello vuelto plateada casi cada día. Incluso Rosa, que siempre había lucido con orgullo t-shirts de promoción del supermercado, se sumó al desfile de la temporada primavera-verano del Hotel Lagarta.

-Yalisa, ¿qué te parece?
-Es ideal.

Se trataba de una camiseta de los AC/DC convertida en falda pre-mamá.

-A Isma le fascina.
-¿Ya te deja entrar en casa?
-Sí, ahora parece más relajado. He leído en un libro que sufre la cubás.

-¿Cómo?

-La COU-VA-GE. Es en francés, ¿tu tampoco sabes francés?

-Pues no.

-Pues yo menos que menos. Pero ahora ya sabemos una palabra, la cubás.

-¿Pero y eso que es, la cubás?

-Es un síndrome que les da a los padres preñados que parece que están preñados de verdad ellos.

-¿Cómo pissokotmaticco?- Nona irrumpió en la conversación-, que tu cabeza te proboka síntomas en el cuerpo.

-Sí, eso. A algunos se les pudren los dientes y otros retienen líquido, como que se contagian, ¿vale?

Acercaron las tres cabezas para cuchichear porque en ese momento aparecía Guille en el saloncito.

-Creo que le entró angustia de nido. De repente, tenía un problema con la casa porque era un bajo con poca luz para un bebe. Los embarazados están locos.

-Deberíais dejar de leer libros de traumas sobre el embarazo.

-¡Pero si lo compró él! Tuve que acompañarle porque en aquella tienda no podían entrar hombres sólos.

-Ah, que buena idea.

Guille estaba escuchando y se ofendió gravemente.

-¿Queréis que pongamos en la floris un día para brujas con la regla o qué? ¡Té gratis si te traes el tampón lleno!

Le miraron estupefactas.

-Puess ess una jran idea. En Suecia...

-¿Los miércoles?- Le preguntó Yalisa.

-Podíais poner los jueves para padres primerizos de los nervios.- Apuntó Rosa.

Guille se puso nervioso y se encendió un cigarro. Observó a través del humo la panza de Rosa y salió al balcón. No quería que su sobrino respirase nicotina.

Sobre todo teniendo una madre que, aún intentando dejar el habito, se cascaba los cigarrillos tranquilamente.

Según Rosa fumar a escondidas era indigno de ella. O lo dejaba, o lo reducía, pero los vicios a escondidas no eran actitudes correctas para una futura educadora.

A Rosa se la veía muy cómoda en el papel de madre del hijo de otro, pensaba Guille. Y la falda de los AC/DC también parecía bastante cómoda. Algo había en las embarazadas que le ponía cachondo.

-¿Entonces creéis necesarias las cárceles de mujeres? ¡Qué bonito futuro para el feminismo!

-¿Feminismo? Sí, jracias. Sekxismo por tu puesto.

-Necesario, no. Necesario sí. Los gineceos        - explicó Rosa, que andaba muy al día- son la única solución en las sociedades patriarcales. Las mujeres se juntan.

-Es verdad, yo con mis amigas siempre quedo en una cafetería los miércoles. Si les digo lo de la floristería-tetería les parecerá genial!

-Mira que vuestros críos son jevis, tía.-Rosa conocía a las amigas de Yalisa y a sus terribles vástagos.

-No te creas.

-Mira a ver las flores...

-¡Mujeres y niños! -Nona parecía encantada.

-No pienso montar una tetería sectaria para locas.

-Loca, tu puta madre.

-Rosa, empieza a hablar como una mamá, querida.

-Loca, tu pura madre.

-¿Y los fútbol bares no son sejctarios? Antonio tiene montado un club de gorilas los domingos. Venga, que tu vas, eh?

-Deberían jugar al fútbol con falda...

-Pues a mi me gusta el fútbol.-Dijo Yalisa.

-Venga, Yalisa, que echamos un partido.

Mariví se los encontró pateando una bola de periódico, escandalizada por el griterío, y sintió como los tacones de aguja la separaban de las cosas buenas de la vida.


Pensando en descalzarse se dio cuenta de que llegaba tardísimo a la redacción del periódico. Taconeando entró en el taxi y taconeando irrumpió en el despacho de Antón, su  redactor-jefe.

-¿Y el reportaje de las muertes violentas que tenías para el jueves?

-Aquí está.

-¿Esto te lo has inventado o qué?

-Pues sí, mira. Es exactamente lo que tú querías, ¿no?, muertes violentas, asesinos nocturnos sin rostro, miedo en la población, más policía, por favor, toque de queda, el suicidio como solución, etc.

-Es verdad... ¿está documentado?

El despacho del redactor daba a una avenida ruidosa llena de coches pitando. Era lógico que aquel hombre tuviese la sensibilidad abotargada. Los humanos eran muy sensibles al entorno.

-Necesito un fotógrafo para ir al depósito a sacar un primer plano de uno de los policías mutilados.

-Llévate a Fermín.

-Fermín, no. Ana.

-Llévate a Ana.

Ni se despidió.  Se largó del despacho en busca de Ana, taconeando.

Mariví siempre conocía la verdad, pero rara vez la publicaba. Los humanos eran ventanas abiertas por las que asomarse.

La Boca C había sido utilizada, esto había provocado un número x de muerte y destrucción; cosa lógica siendo esta uno de los pasadizos de un lugar de culto para una de las sectas mas destructoras del planeta.

Todo para apoyar la industria del automóvil, pilar de la sociedad de consumo. Sin el coche, dominando y dirigiendo la sociedad, la estructura social imperante carecería de sentido.

Todos lo sabían y no veían a corto plazo como solucionar el problema. La rueda giraba. Los peatones estaban en vías de desaparición. Todo occidente estaba en vías de desaparición. En vías de cinco carriles.

Mariví no necesitaba el coche porque se teletransportaba perfectamente. Pensaba en darse  unas vacaciones interestelares cuando se topó con Ana sonándose la nariz, sentada al lado de un radiador.
-Ana, tenemos que hacer unas fotos en el depósito.

-Me encanta este trabajo.

-Me gustaría que las hicieses en blanco y negro, con mucho arte, vaya. Que parezcan retratos de Frida kahlo.

Esta petición no era casual. El fantasma de uno de los operarios se lo había pedido fervorosamente. Era un fan de Frida y necesitaba un ritual para escapar del rincón donde se había derramado su sangre.

El otro operario no quería trascender. Le gustaba estar allí espiando a los vecinos. Se entretenía y no confiaba mucho en las posibilidades de la muerte como camino del bienestar.

Ya en el depósito, Mariví colocó alrededor de la cabeza destrozada pertinente sus pertenencias personales más significativas y le pintó con agua un punto en la frente.

Arregló cuidadosamente el escenario de la foto para que la sabana que cubría el cuerpo del cadáver no apareciese.

-Tía, eres una esteta.

-No es idea mía, te lo juro.

Xxxxx, el habitante de la morgue estaba sorprendido con la sensibilidad de la periodista hacia la decoración mortuoria.

-Cuando se lo cuente a mi novio va a querer una igual pero mía.-Ana también era fan de Frida.

-Pues dile a tu novio que te cuide o la tendrá.

-¿Y al otro le vais a hacer lo mismo?- preguntó xxxxxxx

-No, el otro no quiere.

Xxxxxx y Ana se intercambiaron una mirada interrogante.

-Mariví, cuando trabajo contigo encuentro mi profesión fascinante.

-No frivoliceis, esta persona ha muerto antes de su hora y su espíritu esta triste y disgustado.

-Sí, tiene mala cara.

-¿Es un chiste de forenses?- xxxxxxx estaba curado de espanto, pero esta vez al cadáver le faltaba la mitad de la mandíbula inferior.

-Fotografíame el culo, bonita.

Ana intentó emitir los clicks necesarios para sacar alguna instantánea de Mariví trabajando, pero inexplicablemente el mecanismo del disparador dejó de funcionar.

-Joder, no! Esta cámara costó un pastón.

-Ya está, saca las fotos. Me voy afuera,... a vomitar.

-Pues a mi este olor... es como a carroña, me recuerda a la cecina... A lo mejor es por eso que hace años que no como bocatas de jamón, desde que trabajo aquí.

-¿Has pensado en cambiar de curro?- Le preguntó la fotógrafa, mientras cogía un “contrapicado de destornillador con cadáver de fondo”.

-Calla que, cobro una pasta.

-Cállate tú.

-¿Y de donde habéis sacado los efectos del difunto?

-No se.-Se agachó y fotografió un “cortafríos en la boca que ya no habla”.- Yo sólo soy la fotógrafa; por eso me hice fotógrafa, carezco de empatía.

-Que te la pela todo.

-Chaval, esto huele a diablos.

-De hecho, sí.-Xxxxx no le mencionó lo del sutil rastro que delataba a Gabriel. Olor a carnaza de vampiro.


Gabriel le había visitado para despedirse porque se iba de viaje con un autobús o no se qué.

Se puso nervioso y salió a encenderse un cigarrillo para encendérselo con el mechero que le había regalado el vampiro. El Hotel Lagarta responde. Él, al parecer, era el único ser humano bien pagado; el resto de sus congéneres disfrutaba de la pobreza con alegría.

Aunque ser periodista también debía estar bien pagado, a juzgar por el modelito de la rubia. La encontró junto a la máquina de bocadillos.

-Creo que voy a cambiar de curro.

Mariví lo miró mientras masticaba el sándwich.

-Eres necesario aquí, recuerda.

-Qué simpática. ¿Tienes un cigarro?

-No fumo; mancha los dientes, distrae el alma, debilita el cuerpo.

-Pues yo sí fumo, ta-ta-ta. Oye, has hecho un buen trabajo ahí dentro. Nunca había visto periodismo sensible. Pensé que no existía.

-Quiero hacerte un reportaje. Te pagaríamos.

-No, gracias. Una vez salí en la revista de la policía y me pusieron de necrofílico. Debajo de la foto ponía “los muertos son mi pasión”... ¿Sabes lo que me habían preguntado? Que cuáles eran mis hobbys, y yo les dije “no creas que los muertos son mi pasión, soy un amante de los animales y de la vida en general” ¡y mira!
No se puede confiar en los periodistas, perdona que te lo diga!

-El periodismo no son los periodistas. La frase la escogió, seguramente, el redactor.- Quiza debiese ser ella la redactora-jefa.

-Mi novio estuvo cabreado una semana.

-No voy a pedirte perdón. Si no quieres no lo hacemos. Si quieres, entonces te paso las preguntas y tu las respondes en casa con tu novio.

-Mariví le tendió una de sus tarjetitas. Xxxxx la miró sin estar del todo convencido. Pensaba en el numerito de yyyyyy cuando se lo contase.
-Siempre he querido una foto a lo Frida Kahlo con mi instrumental.

-No te pases.- Estaba saturada del rollo Frida.

Todavía tenía el aroma del vampiro en las encías, y eso que vomitar le parecía lo mejor de vivir en La Tierra, un revulsivo super-energético.

Quizá por eso comiese tanto, o viceversa.

-Mira, si queda mal, con lo que saques del reportaje te compras todos los ejemplares del barrio. Quedará bien, te lo aseguro.

Mariví tenía una misión en la tierra: no sufrir.

-¿Cómo puedes caminar con esos tacones?.

-Es el peso de las preocupaciones lo que deforma la espalda, con los tacones te obligas a caminar derecha y a manejar las situaciones.
Hay que disimular mucho para vivir en un mundo podrido.

-Para mí, podrido significa un día cualquiera...Oye, podrías haber vomitado en otro sitio, ¿no?

El vómito de Mariví chorreaba por la maquina de sandwiches, cristal abajo. Ana llegaba en aquel momento, cámara en ristre.

-Ya está, la redacción va a flipar.

-Quiero verlas yo antes, vale.

-Tu sabrás, pero no quiero problemas con Antón.

-¿Quieres volver a trabajar conmigo?

-Tía, no me la líes, ya tengo pocos curros últimamente, si no le llevo diez fotos le parecerá raro, ¿sabes? No quiero líos, de verdad.

-Enséñamelas a mi primero, yo lo arreglo con Antón.

-Tu verás, pero no es el procedimiento.

-Hazme una serie de xxxxx fumando en la ventana, por favor, es para otro reportaje, que quede casual.

-Te hago una a ti comiéndote un  sándwich ahí donde la pota. Podemos hacer un reportaje sobre trastornos alimenticios en la morgue.





Guille se sentó con Abel en la mesa más cercana a la puerta del bar de Antonio. Ninguno de los dos había dicho nada durante el trayecto hotel-bar.

Guille pidió dos cafés y un vasito de algo fuerte. Regresó a la mesa y depositó las consumiciones con la gracia de un camarero profesional.

Abel apuró el chupito de un trago. Ambos permanecieron sin decir palabra diez minutos más, pasados los cuales Abel rompió a hablar con lentitud demoledora.

-La comprendo. La he estado molestando, de pura rabia que me daba verla pegar a los niños.-Abel miraba fijamente al servilletero.

-Mi vieja era una bruja, ¿sabes? Nos pegaba a mi y a mi hermano. Murió hace ocho años. Mi padre se fue con otra y no volvió a visitarnos, ni una vez.

Abel levantó la vista y se encontró con la mirada de Guille. Después volvió al servilletero. Jugaba con la taza como un escolar nervioso.

-Mi vieja era buena pero trabajaba demasiado. Trabajó como una esclava durante toda su vida; hasta que murió. La quería todo el mundo. Era una bruja.

-Os pegaba...

-Siempre nos pegaba, pero lo que recuerdo, que no puedo olvidarlo y a veces me despierto viéndolo, eran sus ojos feroces, que me daban miedo. Los mismos ojos que ponía bbbbbb cuando Yalisa le gritaba. El nene sentía miedo.

-¡Hombre! Podías haber charlado con ella del tema, no pegarla!

-No puedo hablar con Yalisa, es como mi vieja. Mandona y cargante, no me escucha. Es imposible. Creo que le he dado su medicina.

-Para dar medicina hay que ser doctor.

-Yo no soy un chamán, soy un puma.

-Pues podías ser una flor.

Abel le miró y le agarró del brazo.

-No las soporto, a las mujeres que gritan, chillan y pegan a los niños. Me sale el puma de aquí adentro!-Abel se agarró el corazón a través del jersey.- No lo puedo controlar, el puma necesita acción.- Pronunció la frase con angustia.

-Abel, esto no es la selva, tío.

-Esa mujer pone la cara de mi vieja.

-Tranqui, Abel, de verdad.

-Necesito selva, tio. Selva y libertad. Quiero volverme pero no tengo un chavo.

-Pídeselo a Yalisa.

-No le voy a pedir nada a esa...bruja! Me lo echa todo en cara, me trata como a un esclavo. Igual pensó que iba a casarse conmigo.

-¿Casaros?

-Pues sí, me trata como a un marido, pero sin cama.

-Hombre, Yalisa es preciosa y joven.

-Toda para ti. Tengo que consentrarme. Las mujeres me apartan del camino.

-Pues si que vas a tener que volverte al pueblo, tío. Ya me escribirás, o que?

-¿Te vendrás con tu vieja y los niños a la selva, de vacasiones?

-Tío, no hace falta que te vayas. Si buscas un curro te pagas el billete, vas con dinero, vale. La gente de tu pueblo espera que vuelvas con dinero. La gente es así.

-Ya lo sé, tío...

-Pues quédate pero deja a Yalisa en paz, vale. No te cruces con ella, sino quieres. Ella no tiene que pagar lo de tu vieja.

-Ya, pero si me vuelve a chillar...

En ese momento apareció Nona.




Ismael dormía en la cama de Rosa placidamente hasta que se despertó sobresaltado con el estrépito de cincuenta cds cayendo al suelo desde la mesilla. Cuando abrió los ojos se encontró con Rosa llorando a lágrima viva.

-Rosa, mi amor, ¿qué te pasa?

-Nada, a ti que te importa, a ti no te importa nada!- Los sollozos inundaban la habitación.

Rosa estaba destrozada, quería echar un polvo pero Ismael no se despertaba. Todo su mundo era una sucesión de hechos incomprensibles.

-Rosa, tranquila, vamos, ven aquí.

-No me trates como a una niña, vale!

-Si te pongo nerviosa desaparezco.

-¡Vete a la mierda!

Ismael se sintió herido en lo más profundo. Cuanto más intentaba dialogar, peor trato recibía. Comenzó a impacientarse y decidió largarse a su casa, seguro de que cualquier intento de pacificar a Rosa sólo conllevaría terribles insultos hacia él.

-¿Te vas?- Era la mañana menos sexy de su vida.

-No quieres estar tranquila y yo sí. Me voy a mi casa.

-Pues métete tu puta casa por el culo, te encierras allí y ya está, vale, pero mira...

-Déjalo Rosa, si quieres parecer una persona horrible es mejor que no lo hagas delante de mí.

-¿Ah, sí?

Ismael sujetó la puerta mientras le lanzaba a Rosa una última frase.

-¿Tienes tabaco?

-Ni tabaco, ni dinero, ni puedo fumar sin que me
mires mal, ni casa, ni...

-Lo que tienes es resaca de tabaco de ayer y mono de hoy. Si quieres bajo a comprarte, si quieres vamos juntos y hablamos de tu sueldo.

-¿Mi sueldo?¡No me humilles!

-Humillar es una palabra muy fuerte, Rosa. No te pongas nerviosa. Sólo estás de mono.

-¿Cómo?-El paternalismo de Isma era la excusa perfecta para echarlo.

-Prefiero no discutir dentro de casa, ya lo sabes.

-¡Pues chilla fuera!

Rosa abrió violentamente la puerta del balcón y rompió un cristal. Luego se echó a llorar.

-No quiero un sueldo de pornochacha, sabes, yo...

-Estoy en el bar de Antonio desayunando. Toma, para que no te falte tabaco.- Y le dejó encima de la mesita un billete suficiente para comprar dos cartones.

Rosa se ponía imposible por las mañanas si no se fumaba un cigarro.

Ismael agradecía la suerte de no haber caído en ningún vicio que alterase sustancialmente su comportamiento. Adoraba la lucidez y la tranquilidad.

Si Rosa conociese el infierno de la angustia y el placer del que él provenía no estaría tan orgullosa de su pose ultraviolenta.

Si supiese de las humillaciones que eran capaces de soportar las almas en pena para justificar sus odios como respuesta, no estaría tan orgullosa de llorar y de gritar.

Quizá Rosa quisiese visitar el infierno para comprobar como los niños aprendían a permanecer impasibles frente a la violencia gratuita; cómo repetían tranquilamente esos comportamientos y se convertían de buen grado en demonios siniestros.

Llegó al bar de Antonio y se sentó en la mesa de la esquina. Mientras tomaba el té con limón, refrescante, vio aparecer a Rosa, cruzando el umbral, vestida de modo espectacular y con expresión de diva vengativa,cigarrillo en ristre. La siguió con la mirada mientras ella se acercaba a la barra sorteando las mesas y pedía un café con sonrisa altanera.

Rosa siempre sentía una emoción especial al ver a Isma. Un sentimiento carnoso como el primer sorbo de un café. Aunque esta vez no se quisiese echar en sus brazos, algo en ella se había rendido ya.

Ismael la trataba como a una simple socia, un objeto sexual sin idiosincrasia, algo que se utilizaba sin tomarse el tiempo de conocer su mecanismo, ni como repararlo.



Un abismo de incomprensión los separaba. Él, pocas veces le contaba lo que le pasaba por la cabeza. Rosa no podía ni imaginar los pensamientos de Isma y las conclusiones que sacaba eran a menudo erróneas.

A menudo Isma malinterpretaba sus gestos y sus palabras. Cuanto menos convivían más difícil era el entendimiento y más fácil evitar las discusiones.

Ella no quería ser una vecina con derecho a favores sexuales, quería ser su mujer, quería sentirse necesaria, amada, tenida en consideración, soportada, etc.

Rosa se sentó a la mesa con la sensación de ser un estorbo.

-Estás preciosa.

-Ya.

-Mira, Rosa, quiero que acabemos con esto. No eres la mujer que necesito.

Rosa hizo un puchero y aspiró profundamente el humo venenoso del cigarro. Temblequeante se agarró a la mesa.

-No te preocupes por nada. Hasta que puedas trabajar todos los meses te pasaré dinero. Hasta que tu quieras, lo que tu quieras. No quiero que te falte de nada, pero no voy a sufrir otra falta de respeto.

Rosa lloraba.

-Tu..., tu nunca me has querido..., sólo querías un útero, y...

-Deja tus discursos de psicólogo. Simplemente me merezco algo mejor.

-Pero...

-Quizá yo sea el que más aprecia tus encantos y uno de los que mejor te comprende pero no necesito numeritos cuando me despierto. Eso no es bueno para ninguno de los tres.

-¿Cómo te atreves...

-Basta, Rosa, atreverse, humillar, es vocabulario digno de una presa. Tú no estás encarcelada. Nadie más que tu puede humillarte, sólo tu misma.

-¡Sí que estoy presa!

-Conmigo no podrías dejar el tabaco, nunca. Me utilizas para justificar los nervios que te inducen al tóxico. Yo siempre te he querido con alegría y tú me devuelves peste, se acabó. No lo aguanto más.

Rosa se levantó y tiró el café al suelo en un gesto teatral de desagrado.

-¡Que te den por culo!

Ismael vio como se marchaba con la actitud dignísima del ofendido, llorando, avergonzada de su ataque de nervios. Rosa se dirigía a la pastelería a comprar chocolate, directa al infierno de la autocompasión.

Rosa no buscaba con afán una vida tranquila, como él, sino aventuras emocionantes.

Ismael había crecido entre la basura y los gritos. Era algo que quería dejar atrás. Con Rosa a su lado jamás tendría la oportunidad de ser un hombre feliz.

No la quería dejar de mala manera, pero no creía que Rosa fuese a asumir la situación de manera elegante. Seguramente ella haría lo posible por hacerlo sufrir. Pero él era una torre. Ahora que la Boca C estaba cerrada de nuevo, nada perturbaría la paz de su hogar.

Se lamentó de su fatídica suerte. Ismael y Rosa habían congeniado rápidamente debido al infierno que ambos guardaban en el corazón. Sólo era cuestión de tiempo que ese infierno se desarrollase como un cancer asqueroso.

Si él hubiese escogido a una persona simpática como compañera, nada de esto les estaría pasando. Era difícil, sin embargo, que una persona simpática estuviera dispuesta a soportar el clima de incomunicación de Ismael.

Lo único que les diferenciaba realmente era que Ismael conocía el infierno bien de cerca y no necesitaba volver a experimentarlo para darse cuenta de que no le interesaba.

Rosa, en cambio, aún no conocía sus límites y al parecer no calibraba la situación. Pero él no iba a meterla en vereda.

Sufrió imaginando que Rosa se buscaría un nuevo compañero, traumatizado, que también estuviese secretamente interesado en medirse con sus demonios. Su hijo conocería ese ambiente enrarecido y triste que olía a azufre y a prisión.

Era mejor que Rosa pudiese contar con él como un amigo, de verdad. Sin embargo sus carnes se atraían irremediablemente.

Pornochacha, que va. Porno sí, de chacha nada. Pornodiva mejor. Pero el no iba a sustituir a todas las amigas que Rosa necesitaba y a las que había dejado de lado para colgarse de su cuello.

Si quería ver tal o cual película que la viese sola, él no estaba obligado a compartir sus gustos, ni a comprender su charlatanería. Rosa  y él eran sumamente diferentes y eso ella no podía respetarlo.

De su frustración nacían insultos hacia él que apagaban el sol que brillaba afuera.

Si Rosa quería polla que se buscase otra, porque hasta que su voz no le acariciase como un bálsamo suave y refrescante a Rosa no la quería cerca.

Rosa regresó con manchas de chocolate en los dientes y se sentó a la mesa.

-¿Sabes lo que te digo de fumar?

-Me has insultado, Quiero que te vayas.

-¿Ah, si?

-Si lo que quieres es un guantazo busca en el periódico. Si te asusta estar sola, no te preocupes, porque siempre serás mi amiga. Pero para tratar conmigo tendrías que hacer gala de un saber estar que está claro que no tienes.

Rosa quería darle un guantazo.

-Vas a estar mejor con un chulo que guste del maltrato, búscaselo al nene.

-Ne-na.

-Yo soy un tipo tranquilo y quiero que te vayas. No me obligues a evitarte porque no vas a volver a follar conmigo. Ya lo sabes, ahora vete.

En el estado lamentable de nervios en el que se encontraba Rosa a ningún lado podía ir.

-¿Pero adonde?

-A mi casa no, claro.

-Tú sabes que las embarazadas estamos un poco locas...- el tono de Rosa era de disculpa.

-Eso no es verdad.

-Es verdad que hay alteraciones en las hormonas esas y tu podrías estar sufriendo la cubás...

-Vale, todo eso es cháchara machista, todo eso es verdad pero no justifica nada. Ahora que ya te has fumado el cigarrito estás más tranquila. Eres mas yonqui que Lou Reed.

Rosa sonrió triunfal.

-¿Ves? Te encanta. Tienes en la cabeza prototipos de autodestrucción, te gusta parecer una enferma!

-Soy una adicta.

-Si eres una adicta déjalo, pero si te gusta parecerlo...

-Isma, cariño...

-Me llamas cariño y después hijo de puta. Amor y Sexo..., los conozco bien, ¿sabes? Son mellizos, son como primos míos.

-No te entiendo.

- Sexo y Amor son demonios de sangre y ofuscación. Yo soy demonio de angustia y sufrimiento. Yo soy Asco.

-¿Estabas en una banda rapper o que?

-Se acabó Asco, estoy muy lejos. Sólo quiero vivir a gustito y tu eres una loca enamorada superdependiente.

-Pero estoy embarazada y no puedo currar, es todo muy complicado.

Rosa no veía tan fácil vivir del dinero de Isma y  tirárse a Guille, le parecía fuerte; no sabía el porqué.

-Qué no me lo creo, Rosa. Estar embarazada sólo te impediría picar y usar la azada, que no es el caso. Las embarazadas teneis una sensibilidad muy certera. Cualquier cosa que hagáis está bendecida.

Rosa suspiró. No podía aguantar un sermón durante tanto tiempo seguido.

-El embarazo es un lujo mental, la sabiduría del instinto. Para ti el embarazo es una licencia para insultarme,...

-Qué tontería con eso, no pasa nada por insultar, son sólo palabras, en mi casa era normal insultarse, a nadie le parecía una falta de respeto! Como en el colegio...

-Insultarse es horrible. Es desagradable.

-No puedo creer que seas tan sensiblón.

-Y yo no puedo creer que te hayan insultado tanto que lo consideres normal.

-Lo sabes todo tú, claro,...- Rosa se fastidiaba minuto a minuto.

-Es todo lo que sé. Tengo que ser el que te entretiene, dar cuenta de todo lo que hago, escucharte, amarte, follarte, esperarte; basta ya. Búscate un par de amigas que te aguanten.

-Me he quedado sin amigos por tu culpa, ¿sabes?, parece que te dan miedo, que les huyes.

-Yo paso de tus amigos, son tus amigos, no son mis amigos, yo tengo los míos. ¿Eres esquizofrénica?

-¿Ves? Nunca te cae bien nadie.

-Y qué? Si no tengo que verlos por qué me tienen que caer bien. No me importa conocerlos, ahí esta todo.

-La gente normal sale con los amigos!

-¡Que yo no soy un puñetero tipo normal, que te olvides de llamarme normal! ¿Tú eres normal? ¡Qué miedo!

-Por eso estamos así, ¿sabes?

-Yo lo que sé es que no quiero caminar con una colgada al lado todo el día, por mucho que sea la madre de mi hijo. Ya tengo una sombra, gracias.

-¡Qué estúpido eres!

-Ya me insultas otra vez, y tu querías un príncipe azul pero eres una bruja y yo soy un demonio.

Ismael se desperezó ostentosamente, estaba claro que Rosa no se iría y él se estaba cansando de la conversación.

-Isma, ¿qué vamos a hacer?

-¿No tienes vida propia o qué? ¿qué soy, el noventa por ciento de tus pensamientos? ¿No tienes nada más en la cabeza?

-No,- le respondió muy digna- no hay nadie más.

-He dicho “nada más”, no “nadie más”. Sólo piensas en tíos. Chupasangres, vampira. Yo te quería, ¿vale?, no me vampirices.

-Yo también te quiero.

Rosa dulcificó sus crispados rasgos y buscó su abrazo fuerte y calentito. Ismael la abrazó enternecido.

-Pues quiérete más a ti misma. Busca algo con lo que rellenar tu cabeza y los cajones de tu cuarto y deja de usarme de excusa trágica para olvidar tu aburrimiento.

Rosa se soltó del abrazo contrariada. Ismael se levantó y le dijo:

-Ahora vuelvo.

Pero no volvió.

Estaba hasta las pelotas, como diría Rosa; una macarrilla con mucha pose y ni media hostia.

Decidió darse el día libre, ir a la montaña o a un parque a leer, o a coger algún autobús y acabar en cualquier sitio tomando café con extraños.

Daba lo mismo. Cualquier cosa, lo que fuese, con tal de huir de la persecución de su exnovia. Todo porque no tenía otra cosa que hacer en todo el día que no fuese darle la tabarra.

Quizá fuese lo mejor, pensaba mientras hacía la mochila, dejarla tirada sin un duro para que se fuese a casa de su madre.

Pero Rosa no estaba preparada para enfrentarse con la figura materna. Seguramente estuviese allí discutiendo cualquier chorrada y amargándose la vida. Seguramente lo pasase mal.

Rosa debía anhelar la serenidad antes de recibirla. Si no, la desperdiciaría.

Ismael creía que en el hotel ella estaría mejor. Pero si le pagaba todo no se esforzaría por estrujarse el cerebro para salir adelante. O sí, no lo sabía.

De todos modos por el niño no le faltaría de nada.

Buscó con la mirada alguna falda fácil de levantar, pero todo eran pantalones. El cómo se desharía del sentimiento de ternura que le inspiraba Rosa, no lo sabía.

Lo que sí sabía es que este sentimiento provenía de una espeluznante falta de afecto, de una necesidad social,
de la química hormonal,
del infierno.

Amor y sexo, sus medio primos,... había jugado con ellos a las casitas.

Amor casi siempre obedecía y se llevaba la peor parte. Sexo era muy divertido. Él, a veces, no quería jugar. Amor y Sexo se metían mano.


Pasó con ellos mucho tiempo, al principio, jugaban juntos con otras criaturas. Eran una piña. Ahora que les había perdido la pista, no quería ni recordarlos.

Rosa le había preguntado por sus amigos. Desde luego, era mejor que no los conociese. Una pardilla como Rosa sería presa fácil.

Rosa necesitaba fuerza, pero no veía de donde sacarla. Ya llevaba tres cuartos de hora esperando en la mesa cuando llegaron Nona y Guille.

-¡Que pasa, Rosa!

-Nada, esperando a Isma.

-¿Isma? Isma salía con una bolsa de viajje, se iba de fink de semana a...-Nona miró a Guille entornando la mirada.

-¿A la montaña? Dijo algo pero no le escuché bien eso. Se iba para un par de días,...tu no vas, claro, necesitas descansar!

-Qué chorrada, necesito descansar, necesito ponerme fuerte pateando por la montaña; pero tendré que ir sola al parecer.

-Pregunta a Yalisa, si vais con los niños yo me apunto.

-Jille, qué depportista.

-Me encanta ir con las chicas a la montaña

Sonrió de modo picaresco y Rosa le devolvió un frunce de labios coquetón. Al tiempo pensaba en como los babosos tenían cierto morbo y los crápulas eran los hombres mas humanos.


Igualmente pensarían que todas las mujeres son unas lagartas, pero por lo menos les gustaban, tanto como para acercarse a ellas y compartir el espíritu.


A partir de entonces Isma trató a Rosa con una cordialidad surrealista. Hablaban como vecinos de toda la vida. Ismael era un monstruo extraordinario que hacía lo que le daba la gana.

El demonio se acordaba mucho de su primo Sexo , sin embargo. Sexo era, con mucho, el más manipulador de la pandilla. Espiaba en todos los sitios. Se olvidaba de ser agradable y sincero.

A veces conseguía relajarse lo suficiente y resultaba ser un bromista encantador. Por lo general era un intrigante y un mal amigo, un resentido y un necio.

Ismael, Asco, era el demonio más salvaje. El que no reparaba en medios, el que actuaba sin contemplaciones. Pocas veces se arrepentía.

Fue al discutir con su prima Odio cuando había decidido convertirse en un ser tranquilo una temporada. Igual de fácil que cualquier otra cosa. Se dio a la tranquilidad como los humanos se daban a la bebida y al juego, apasionadamente.

Nada conseguía alterarlo. No consumía ninguna clase de tóxico, ni medicina; le daban asco.

Cuando Rosa, ebria de café y porros, le entretenía se divertía bastante. Ante la posibilidad de que esta le montase otro desagradable numerito dejó de tomarla en serio.

Rosa pasó de ser interesante a insignificante, aunque preciosa. Se alegraba por el nene, le gustaba su madre. Isma la tomó por amiga y se iban juntos a comprar cositas de bebé.

Rosa lo llevaba un poco mal, disimulaba bastante, pero estaba deshecha. Quizá con el tiempo la cosa cambiase.

Cotorreaban como dos comadres por la escalera, pero nunca, en ningún momento Isma volvió a mirar a Rosa como si esta fuese un canelón.

















(El permanente
Olvido
De lo
 Femenino
   Como
 Género).

El rayo que no cesa, revista de contrapsicología y contrapsiquiatría.




Pablo había convocado un recital gineceico, atendiendo a los ruegos y necesidades de su comunidad femenina.

La floristería abría los miércoles un espacio exclusivo para mujeres y, aunque Guille había considerado la idea como peregrina, había resultado un gran acierto.

La tetería funcionaba escandalosamente bien aquel día. Estaban anonadados por el éxito. Quizá la única pega fueron las discusiones que había tenido con Guille para escogerle la peluca.

Pablo había optado por la melena rubio platino, pero Guille había tardado en decidirse por los rizos pelirrojos afro, tanto que tuvieron que estar una semana de tiendas.

No es que renegasen de su masculinidad, era más bien un deseo de integración y una defensa.
Cuando las tres mesas abarrotadas de féminas centraban su conversación en la pareja más valía estar detrás de un parapeto, a salvo de las miradas fulminantes y aterradoras.

Guille estaba monísimo y no había miércoles que durmiese solo.

Pablo utilizó su antigua profesión para darle publicidad al próximo recital. Se encasquetó la peluca y anduvo por todos los bares del barrio vendiendo poemas y repartiendo panfletos.

La idea de un recital exclusivamente le obligaba a revisar su obra por completo. ¿Existía algún tipo especial de óptica poética adecuada? Había que ser precavido porque aquellas tipas podían volverse peligrosas si se las molestaba en masa.

Guille aprendió mucho acerca del punto de vista femenino del asunto. Al parecer el colectivo femenino no aguantaba las ofensas estoicamente, ni hacían gala de dulzura.

Al contrario, eran soeces y vulgares, peor que camioneros, trataban a los agresores de retrasados mentales, despreciaban el apartheid de los baños públicos y se tocaban bastante.

Los niños varones entraban al gineceo sin problemas, incluso adolescentes; pero cuando Guille sugirió que faltaban los minusválidos casi lo linchan. Cantaban:

-Yo no soy bonita, ni lo quiero ser.

No faltaban a los miércoles lesbianas. Amanda aus y Amanda spa habían inaugurado un rincón porno de pintura. Creaban mientras se metían mano, sin ningún pudor, y encima vendían cuadros.

Pablo al principio estaba destrozado, pero la peluca lo animaba bastante.

-Desde que llevo esta peluca soy otra persona.

-Te queda ideal.

-Y tu puta.

-¡Lagarta!

La circunstancia más patente que se apreciaba era que ningún hombre había exigido un día exclusivamente masculino.

Al parecer los machos no sentían esa necesidad; quizá porque en la sociedad en la que estaban inmersos el macho heterosexual medio no necesitaba un guetto para expresarse con libertad.

También podía ser una cuestión hormonal, al cabo de unas semanas el periodo de las clientas habituales se sincronizaría y el “2x1 zumo de tomate, si estás con el tomate” acabó con las existencias de vodka del mueble bar.

-Es que no creo que haga falta emborracharse para estar entretenida...

-Tu echa ahí un chorrillo, soso, que pareces un tío.


En un momento dado, Guille y Pablo fueron acusados de sectarismo por la comunidad de hosteleros de la zona. El negocio florecía y había que comer.

Mientras Pablo caminaba por la calle con sus poemas en ristre se cruzó con una dama meditabunda.

Era Rosa, que no podía creer que Isma la hubiese dejado.

-Que pasa, Rosa.

-Pues nada, tio, es que no pasa nada.

-Necesitas unas vacaciones, llama al Hotel Lagarta.

-Es que no me responden.

Rosa sospechaba que para recuperar el afecto de Ismael tendría que cambiar de pose. No es que él se lo exigiese, ni mucho menos. Pero Rosa ni podía, ni sabría cómo.
Quizá Ismael no fuese el tipo que la comprendiese. Quizá ese tipo no existía.

-Si hay sólo una media naranja adecuada- le preguntaba Rosa a Pablo-, en un puñetero naranjal gigantesco, ¿cómo pude haber acertado tan fácilmente, en mi mismo portal?
Sospecho.

-Anda, que charlamos en la floris...

Se dieron la vuelta, camino de la floristería, reflexionando sobre el siempre fascinante tema de si la naranja tiene o no tiene un montón de gajos para comer.



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