ensayo: LA LÓGICA SILVESTRE (plantas silvestres comestibles)


 La lógica silvestre, un acercamiento a las plantas silvestres comestibles, su cultivo, su aprovechamiento y su lógica dentro de la agricultura y la jardinería.


Has llegado hasta aquí con los ojos abiertos de mirar los  
      horizontes,
topándote con las paredes, los muros,
los suelos y los huertos del camino
y no has cerrado los ojos.




Utilizamos para eles especies dos nosos ecosistemas, silvestres e comestibles, porque:

*reducimos costes, son moito máis resistentes 
*hospedan insectos beneficiosos agás plagas, protexendo os cultivos do seu redor
*Ofrecen un subproducto de cultivo enormemente nutritivo
*Reducimos su risco de extinción





Xardinería: o xardín natural 

reconciliarnos coa estética do noso ecosistema, para:
*Recuperar a nosa cultura silvestre
*Atopar novas oportunidades para o viverismo
*Reducir a necesidade de agua e productos noxentos e perigosos para a saúde 




En xeral:

plantexemos futuro:
*Recuperando a comunicación cos nosos maiores
*Plantexando a sostenibilidade das cidades aproveitando as zonas verdes
*Mellorar a calidade do 
 medioambiente urbán





Índice
  
Alimentación silvestre.


Las plantas silvestres comestibles y sus usos agrícolas.


Las plantas silvestres comestibles en jardinería.


Análisis SIG del Parque Natural Fragas del Eume. Conclusiones.
  





Alimentación silvestre.


    Las plantas silvestres comestibles se pueden clasificar por la parte que vamos a aprovechar, pudiendo ser esta la hoja, la raíz, brotes y tubérculos o fruto.

  Si son plantas de hoja o brote debemos tener en cuenta que las partes tiernas son las que nos interesan, desechando las hojas basales.  Los brotes se recolectan cerrados.

  También hay que evitar la recolección excesiva, intentando respetar al máximo la planta. Podemos escoger los brotes u hojas sin arrancar la planta entera.

  Cuando las recolectemos por la mañana tendrán el contenido máximo de agua, así que si las queremos desecar será mejor recolectarlas a última hora de la tarde.

   Al cogerlas tendremos cuidado de dejar las suficientes para que la planta pueda seguir con su proceso vegetativo y pueda producir flor y semilla. La mayor cantidad de nutrientes en hoja siempre será antes de la floración, pues esta consume buena parte de las reservas de la planta.

  Un color azulado o pálido amarillento no es buena señal, puede contener demasiado nitrógeno en el primer caso y múltiples inconvenientes en el segundo, como ser poco nutritiva.

  Las hojas no deben lavarse ni ser cocinadas con excesiva agua, ya que pierden las vitaminas hidrosolubles, como la vitamina C. Las ensaladas se suelen aderezar con vinagre o vinagretas de limón para estabilizarlas.

  Generalmente cuanto más crudo es  el alimento mayor es su contenido en vitaminas.

  Un punto importante a considerar es la presencia de ácido oxálico, que en grandes dosis descalcifica el organismo, por lo que hay que consumirlo con moderación. Si se consumen especies que lo contengan, es mejor desechar el agua de cocción.

  El cenizo (Chenopodium álbum) fue sustituido por la espinaca y sin embargo esta tiene un abundante contenido de ácido oxálico y cinco veces menos de  vitamina C.

  Es importante una manipulación cuidadosa, utilizar cestos para no dañarlas y evitar fermentaciones debido a los cortes. Es mejor consumirlas en el día y si hay que almacenarlas, intentar que no se aplasten.

  Las flores se recogen a media mañana, cuando se hayan abierto y perdido algo de agua, para evitar que se deterioren.

  Los frutos alcanzan todo su potencial nutritivo en la maduración, nunca antes, ya que las sustancias interesantes aparecen en el envero.

  Las raíces y tubérculos son órganos de reserva que contendrán el máximo de sustancias al final del otoño cuando la planta entre en reposo y un poco antes de su brotación, ya que las raíces despiertan antes que la parte aérea.

  Las plantas silvestres suelen ser ricas en minerales, dependiendo de la especie en particular su contenido en uno u otro, en caso de carencias específicas son una buena fuente a la que acudir. La ortiga (Urtica dioica), por ejemplo, tiene gran contenido en hierro, además de un 20% de proteína en su extracto seco.









Las plantas silvestres comestibles y sus usos agrícolas. 


  
  La investigación actual sobre flora silvestre comestible se centra en modificar la genética de los cultivos, enriqueciéndola con la de sus parientes silvestres, para aumentar su resistencia a plagas, enfermedades y climas adversos.

   La modificación genética de cultivos es uno de los grandes peligros que amenaza la flora silvestre. Las especies genéticamente modificadas se hibridan con las salvajes y colonizan el medio, haciendo que desaparezca el material genético original.

  En el caso de cultivos como el maíz se llegó al casi exterminio de las variedades tradicionales a causa de plantar casi exclusivamente sus parientes comerciales. Cuando llegó el maíz transgénico, este contaminó el resto de cultivos. Actualmente es casi imposible cultivar maíz no transgénico debido a la polución genética.

  Muchos agricultores de maíz ecológico descubren al analizar su cosecha que el genoma de su maíz está contaminado, perdiendo incluso la certificación ecológica y la inversión realizada en semilla certificada.

   El mismo caso ha de suceder con el resto de cultivos.

  Las investigaciones genéticas son alentadas por las grandes empresas de semillas y en ningún caso se muestran prudentes a la hora de valorar las consecuencias sobre la salud del consumidor o el impacto medioambiental de estas nuevas especies.

  Retirarles la confianza y el apoyo, concienciar a los agricultores de la no utilización de material transgénico y a los consumidores de la seria duda que ofrece la alimentación transgénica es el único camino que podremos tomar para proteger nuestra flora silvestre.

  Las grandes cantidades de dinero que manejan los convierten en adversarios difíciles. Con el argumento del hambre en países asolados por la guerra y la globalización del comercio obtienen el apoyo de los gobiernos para comercializar sus productos en territorios donde los sistemas políticos son corruptos y manipulables por su falta de estabilidad.

  Es en las sociedades estables políticamente donde corresponde hacerles frente.

  La alimentación contiene el código adaptativo que permite al cuerpo humano desarrollarse saludablemente. Los alimentos deben proceder de la agricultura local y ser consumidos en su estación preferentemente para que su código energético sea el adecuado.

  Consumir plantas silvestres comestibles nos asegura que una parte de nuestra nutrición entra en los parámetros correctos.

  Lo ideal es que el paisaje de nuestra agricultura les proporcione una fracción de terreno en la que desarrollarse, en ningún caso deberían recolectarse de los espacios salvajes sino como muestra de material genético a reproducir.

  Las razones para esta restricción son varias y muy intuitivas.
                           Se corre el riesgo, al expoliarlas de su medio natural, de su desaparición y de su extinción, pues algunas de ellas están seriamente amenazadas.
                                                                     En su recolección se debe considerar la carga de toxinas que puedan haber almacenado.

  No son aptas para el consumo plantas que crezcan cerca de carreteras, por su acumulación de combustible en suspensión (no todo el combustible se quema, parte queda en el ambiente). Tampoco se debe recolectar planta que crezca cerca de cultivos que utilicen pesticidas o herbicidas.

  Lo ideal es asegurarse de que el terreno está limpio de tóxicos. La mejor manera de certificar un cultivo no contaminado es conseguir que crezca en nuestra parcela, de la que conocemos perfectamente su trayectoria.
                                                   

  Es importante conocer bien la especie. Muchas de ellas tienen parientes venenosos, poco saludables o poco nutritivos. Si proceden de nuestro terreno nos aseguramos de que la planta es interesante. Es un caso parecido a la recolección de setas, vale la pena centrarse en consumir aquellas que conocemos para minimizar los riesgos de intoxicación.

  El objetivo de esta presentación de plantas silvestres comestibles es analizar las ventajas de su propagación en nuestros cultivos, en terreno garantizado como libre de tóxicos.

  También analizar las características de un cultivo silvestre para reflexionar sobre los beneficios que aportan al terreno y a la sociedad.

  Se incluye un dossier de especies con algunas de las que con mayor frecuencia se encuentran espontáneamente en los alrededores de la actividad humana, georreferenciadas en la comarca del Morrazo, al sur de Galicia.

  En este contexto, las plantas silvestres comestibles actúan como un hilo de Ariadna que nos lleva a desentrañar la intensa actividad social que ha desembocado en el  desprestigio de la agricultura y sus profesionales, debido, precisamente al carácter básico de la actividad. El poder social que detenta es tan grande que su ninguneo solo puede ser concebido desde el miedo.

  Una población autosuficiente es difícil de manipular. Cualquier agresión cultural exterior pasa por organizar procesos de dependencia en los sectores básicos, como son la alimentación y la energía. Es por ello que la sensibilidad agrícola, lejos de fomentarse, se ha destruido paulatinamente a lo largo de los siglos.

  Las plantas silvestres comestibles son los productos agrícolas puros y nos ayudarán a definir las prioridades en una agricultura ecosostenible.

  Nos dan las claves para organizar una agricultura de calidad, tanto en el producto final como en la metodología del cultivo.








Agricultura: cultivar marxes

  Deseamos como especie asegurar nuestra supervivencia y para ello recurrimos a la agricultura sedentaria.

  Este tipo de agricultura cuenta con espacios fijos y con una planificación de cosechas en el tiempo y en el espacio, siempre sabremos cual espacio es el disponible y podemos temporizar las tareas de cultivo.

  Una población sedentaria cuenta con un reparto de la tierra basado en la compra-venta y la herencia, existiendo también otras formas de tenencia como el usufructo*, en muchas poblaciones, además, se cultivan terrenos públicos.

  El sedentarismo cuenta con ciertas desventajas, la más importante es el sentimiento de propiedad del terreno, que nos lleva a pensar erróneamente que somos los únicos responsables del buen término del cultivo y los únicos beneficiarios de tal esfuerzo, olvidando tanto al resto de los humanos que obtienen beneficios indirectos, como al ecosistema que nos sustenta.

  La agricultura como actividad posee varias facetas relacionadas que siempre deberemos tener en cuenta, las más notables son:


1* La logística, con los usos agrícolas recuperamos la importancia de las comunicaciones, se establece una red de caminos para acceder a las fincas, bien mantenidos por su uso habitual, que fomentan la comunicación en el área.es más fácil afrontar imprevistos cuando hay mucha gente atenta, imprevistos como ladrones de cosecha (jabalíes), o desastres naturales (inundaciones), etc. Además el trabajo de campo entraña riesgos que se minimizan si hay gente alrededor, torceduras de tobillo, soledad, etc.

2*El marketing, se trata de una disciplina objetiva que nos permitirá conseguir los beneficios económicos que pretendemos del cultivo. No hay porque sobreexplotar una finca, a veces basta con plantear cultivos que den mayores beneficios, que ahorren costes…

La agricultura exige planificación, es duro comprobar cómo el amor al trabajo físico se impone a las reflexiones más elementales.

3*La sostenibilidad en el ecosistema, factor que garantiza la duración en el tiempo de nuestro proyecto. La agricultura sin sensibilidad estropea el terreno, el agua y la espalda. Si no hay abejas, no hay huerta, explícaselo al que esparce veneno. Y luego, repíteselo.

4*El paisajismo, nos advierte de las consecuencias de nuestras actuaciones, es la vara de medir la calidad del proyecto. A veces nos preguntamos qué es mejor, qué es peor, qué es bueno, la belleza es un gran rasero, lo bonito, lo amable, lo saludable, en contra de lo grandioso, de lo terrible, de las mil lechugas en fila, de los ejércitos de patatas.


5*La repercusión cultural, inherente al carácter básico de la actividad agrícola, las fiestas de la cosecha, las reuniones pedagógicas, las actividades lúdicas asociadas, son históricamente los pilares de la estructura social. La sociedad necesita reunirse.

   La alegría de la cosecha conseguida, de compartir los excedentes, de consolarnos mutuamente de los desastres agrícolas, es el carácter comunitario de la actividad, exige reunión, fiesta, aunar fuerzas, discurrir estrategias.  No son motivos abstractos de reunión, son muy reales y necesarios.



  Estas variables humanas y ecológicas están en lucha con la economía del esfuerzo excesivo, que en el caso de la especie humana está más centrado en el esfuerzo cultural y mental, que en el esfuerzo físico y económico.







  La primera cuestión que se nos plantea es como conseguir que un no cultivo se convierta en cultivo. 




  La economía nómada está más cerca de nosotros que el período prehistórico en el que nos acostumbran a datarla. Las paulatinas mejoras sociales nos abocan a ella como solución a los problemas de incomunicación, estrés y pobreza.

  Los seres humanos aspiran a realizarse psíquica y físicamente lo que implica una investigación constante de su medio social en la que ya no caben políticas sedentaristas como heredar un oficio en consanguinidad, identificaciones de origen externo con un lugar físico o mental, o crear estructuras sociales basadas en su inmutabilidad; factores que fueron los pilares de la tenencia de tierras en el pasado y que nos han abocado a la pérdida y abandono del conocimiento y la práctica de la más imprescindible de las actividades humanas: el abastecimiento de provisiones.

  El progreso no es una meta a la que se pueda llegar individualmente, toda la comunidad ha de llegar al mismo tiempo para que el futuro se convierta en presente.

  Si la progresión de la transmisión del conocimiento es exponencial, (yo se lo explico a cinco, y esos cinco a otros cinco) es más fácil que los errores que se puedan cometer se identifiquen y corrijan. Si el aprendizaje se reduce, los errores podrían pasar desapercibidos.

 Una vez hemos tocado fondo, en lo que a la agricultura se refiere, tenemos la oportunidad de demostrar que la sensibilidad agrícola es el camino que asegura el equilibrio en el tiempo de la actividad y, por ende, de nuestra especie.

Siguiendo el orden de las variables que antes hemos enumerado, vamos a analizar el hecho de cultivar un no cultivo, como son las plantas silvestres.



  Desde un punto de vista logístico, nuestros montes están en peligro de abandono, lo que dificulta su mantenimiento y limpieza.

  El hecho de propagar en nuestros cultivos plantas silvestres comienza por obtener semilla local de especies ya presentes en nuestro ecosistema, lo más cercanas a la finca en la que deseamos establecerla, pues son estas las de mayor viabilidad, las que menos recursos necesitan para prosperar, las que más resistentes serán a la problemática de la zona(vientos, salinidad, pluviometría), las que el ecosistema se ha encargado de seleccionar genéticamente como aptas en un número total de aspectos que para nosotros puede ser imposible de abarcar (resistencia a microorganismos, endemismos de una especie).

  Al recolectar este material genético utilizamos el monte, lo que logísticamente mejora sus caminos y su aprovechamiento.

  En ningún caso se trata de recolectar nuestra cosecha de plantas silvestres comestibles en los espacios salvajes, sino únicamente el material genético que deseemos reproducir. La fauna y flora salvaje es delicada en cuanto a la injerencia humana y muchas especies, tanto animales, como vegetales, se encuentran en peligro de extinción solo por el impacto negativo de la presencia de la actividad humana en su zona.

  Podríamos habitar el monte y alimentarnos de sus recursos, en el objetivo perfecto de que nuestro entorno sea capaz de sostenernos, sin aportaciones externas.

  De ningún modo podemos pretender que el delicado equilibrio natural proporcione la cosecha necesaria para un núcleo de población que no pertenezca a la zona de extracción de ejemplares.  La logística debe responder a considerar los espacios salvajes como zonas de paso, como museos donde podremos visitar y adquirir muestras de lo que en nuestras fincas agrícolas queramos cosechar.

  En este sentido la logística nos advierte que nuestro medioambiente urbano es entonces el lugar idóneo para cosechar, propiamente dicho, nuestras plantas silvestres comestibles, lo que nos lleva a considerar la jardinería como actividad agrícola de abastecimiento de alimentos.  

  La diferencia entre jardinería y horticultura no existe. Hay
                               plantas que producen alimento, plantas que atraen insectos beneficiosos,
                               plantas que atraen insectos parásitos y los alejan del cultivo,
                               plantas que mantienen la tierra mullida, con buena capacidad de retención de agua y nutrida y
                               plantas que amenazan nuestra actividad, pues son las encargadas de cuidar del lugar si lo abandonásemos.

  El buen gusto que tengamos a la hora de combinarlas no las exime de sus funciones.




  Analizando la cuestión desde el punto de vista del marketing, exigimos al terreno una ganancia estipulada de antemano.

  La agricultura está sujeta a limitaciones de tipo climático y de medio físico. Es corriente luchar contra plagas, enfermedades y climatologías adversas, sin embargo, siempre podremos establecer una cifra de rendimiento de cosecha según el cultivo y la zona y el período de tiempo que estemos considerando.

  Digamos, pues, que la lucha contra los elementos, de perderse, cifraría nuestras pérdidas en un tanto por ciento que deberemos desglosar para racionalizarlo.

  Parte del rendimiento es el beneficio bruto obtenido, sin descontarle residuos, ni otros  factores que lo reducen: la cosecha.

  Otra parte es la parte de las plagas y enfermedades del cultivo. Poblaciones que aparecen a raíz de la presencia de nuestra actividad agrícola y que alteran los equilibrios del ecosistema. Un ejemplo serían los hongos que se desarrollan en una plantación frutícola cuando una gran cantidad desproporcionada de fruta queda en el suelo. 

  Es interesante utilizar especies de nuestro ecosistema porque cuando este absorba las pérdidas no se verá alterado cualitativamente, sino cuantitativamente. Si hemos plantado una especie que tiende a colonizar el medio y resulta ser una invasora sudafricana, que acaba por atraer insectos y hongos de poblaciones poco estables, habrá que sacar la cámara de fotos y a ver qué pasa. Esta actitud resulta irresponsable, hasta con nosotros mismos.

  Si, en cambio, hemos plantado demasiado de algo que ya existía, al ecosistema solo le costará tiempo devolver el terreno a su equilibrio. Una agricultura que contemple el uso de las plantas silvestres comestibles nos facilitará la lucha contra plagas y enfermedades alóctonas agresivas.

  Otra parte es la que pertenece al ecosistema. Aquí podríamos incluir pájaros, jabalíes, ratones, insectos, etc. Incluimos también las pérdidas debidas a factores climáticos, porque se contempla en el ecosistema la forma de asumirlas y no alteran su equilibrio.



    De puntillas,
  bailando coreografías
      sofisticadas,
   sobreviviendo
 a un paisaje de
pesadilla, en el
  que, sin embargo,
quedan huecos.






  La pérdida más difícil de asumir es, sin duda alguna, la debida a factores humanos. Aquí englobamos los robos de cosecha, los errores en  la forma de llevar a cabo el cultivo y los excedentes que no podemos cosechar por motivos económicos (ya he insistido en la importancia del marketing a la hora de planificar el trabajo).

  Asumir pérdidas resulta tan natural como asumir las ganancias, hay quien se lamenta porque la cosecha pudo ser mejor, si esta es buena. Las pérdidas siempre son proporcionales al esfuerzo de trabajo, cuanto más apuestas, más ganas o más pierdes, o, lo que sería más exacto, más ganas y más pierdes.

  Cifrar las pérdidas es como adivinar el clima, un esfuerzo muy local de práctica diaria. Digamos que cada terreno es diferente, cada persona un mundo. Lo que sí es seguro es que no va a ser el 100% de ganancia. Ni un 80%. Probablemente ni un 60%. ¿Escandalizados?


 Simplemente, cultiva más terreno, si quieres más producción. No se trata de elevar los rendimientos de un terreno, sino de fijar los objetivos responsablemente.

  No es lo mismo que se quiera cultivar una superficie, que querer obtener una cosecha determinada, ni que querer obtener un rendimiento económico.

  Si tu objetivo es la cosecha, tendrás que cultivar mejor o más superficie,
                                si tu objetivo es el terreno, tendrás que conformarte con lo que este pueda darte, y
                                si tu objetivo es un nº determinado de monedas quizá tengas que estudiar el mercado detenidamente. 



  Algo que nos remite a las plantas silvestres comestibles es precisamente su valor económico. Al contar con ellas a la hora de ajardinar márgenes o utilizarlas como plantas trampa conseguimos rendimiento económico, una segunda cosecha. Suponemos que el cultivo no es de psc, pues entonces ya no las podemos tratar como plantas silvestres, sino como plantas cultivadas comestibles.

  La lógica de analizar el cultivo silvestre es que este aparece solo, por exigencias del medioambiente, nuestra labor es potenciarlo y discriminar cuales son las especies que nos interesan.

  Si recolectamos semilla de espacios salvajes y la cultivamos en nuestro terreno, conseguimos nuestra semilla autoproducida, ya nos salimos de la lógica silvestre, que es el objeto de este libro.




  La lógica silvestre reduce costes puesto que no invertimos en el establecimiento de las plantas.  Si las cosechamos como cultivo principal, las secamos, embotamos, congelamos o vendemos frescas, el estudio de costes varía.

Contemplamos la ganancia, sin embargo, utilizando y seleccionando plantas silvestres comestibles  lo que obtenemos es una reducción de pérdidas:
                                     
                                         reducen las plagas pues acogen insectos depredadores,
                                         reducen el consumo de agua, pues mantienen la estructura esponjosa del suelo,
                                         reducen el impacto visual con su aspecto variado y acogedor,
                                         muchas de ellas, como el trébol, nitrogenan el terreno,
                                         protegen al cultivo de las condiciones climáticas de sol excesivo, vientos, lluvias torrenciales.
 
  Su utilización como auxiliares de cultivo nos ahorra perdidas, más que traernos ganancias, sin embargo, muchas de ellas son medicinales además de comestibles y podríamos contemplarlas como un tipo de cultivo asociado, lo que, probablemente reduciría su diversidad, que es el factor clave de su éxito.

  En el desglose del rendimiento su lugar principal vendría en pérdidas del ecosistema, ya que no son introducidas por nuestra actividad.

  No son cosecha, pero las recogemos y las podemos consumir, se convierten en una pérdida negativa, una ganancia, al fin y al cabo.

  La mayor razón para no cultivarlas expresamente, sino propagarlas como cultivo asociado al principal es la amenaza de la industria alimentaria.

  Si las plantas silvestres comestibles se comercializan se corre el riesgo de que la ingeniería genética las ponga en su punto de mira, las investigue, las contamine genéticamente con parientes transgénicos.

  Incluso hay que tener en cuenta que el negocio de semillas y la especulación monetaria con los alimentos están en manos de mafias empresariales peligrosas. No es de extrañar que utilicen medios drásticos para eliminar competidores, como ya se vio en el lobby de la iluminación o en los casos de muerte misteriosa de gran cantidad de inventores de motores alternativos a la combustión.

  La mejor opción cuando tu producto amenaza el equilibrio mafioso es precisamente que no lo amenace. No se trata de convertir las psc en el nuevo producto, sino en considerar todo su potencial y aprovecharse de él sin mezclarlas en el circuito comercial.

  Esto es así tanto para nuestra seguridad, como para evitar un deterioro de nuestro tesoro silvestre por parte de científicos y ejecutivos desaprensivos y criminales.

  La investigación genética es la peor amenaza, pero no la única. El monocultivo provoca la aparición de plagas específicas. Si además utilizamos productos químicos que obliguen a la plaga a evolucionar para conseguir resistencia al tóxico lo que conseguimos son plagas específicas imposibles de erradicar.

  En el caso del tomate comercial se opta por cultivarlo en lana de roca para evitar el suelo en el que, sí o sí, aparecerá un hongo específico del tomate, el Fusarium oxysporum var. licopersicii, contra el cual luchar es casi imposible.

  El Fusarium tiene su versión específica para cada cultivo y el origen de su fuerza es la evolución que ha tenido en los monocultivos a lo largo de los años.

  De la misma manera, un monocultivo de especies silvestres generaría plagas fortalecidas que irremediablemente se propagarían al medio silvestre.

  Lo realmente interesante es conservar la maleza que nos interesa y saber aprovechar sus ventajas, protegiéndola de los malos usos agrícolas, imposibles de evitar.

  Apuntar, además, en este apartado de marketing, la importancia que tiene para la empresa la implantación de un sistema de gestión medioambiental que defina sus políticas de prevención de impacto medioambiental negativo, de cara a solicitar una certificación que la avale frente a la competencia, como valor añadido a sus productos.

  En este sentido se impone el cálculo de la huella de carbono en la trayectoria de los productos. Cualquier aspecto conservacionista del suelo, en el sentido de que este conserve su máximo nivel de carbono, no dejándolo desnudo y conservando al máximo su cobertura vegetal minimizará la huella.



  Según las estadísticas del Ministerio de agricultura y medioambiente del año 2012, España fue el primer país en número de hectáreas. dedicadas a la agricultura ecológica de la Unión Europea.

  Andalucía, Castilla-La Mancha, Cataluña y Extremadura son las Comunidades autónomas con mayor número de has. y operadores ecológicos.



  Pasemos al punto de la sostenibilidad medioambiental, lo que nos permitirá mantener nuestra actividad en el tiempo.

  El abandono de la actividad agrícola se debe a varios factores: la pérdida de fertilidad del suelo, la proliferación de plagas, la reducción del beneficio económico y los cambios en la sociedad a la hora de valorar el oficio.

  En algunas regiones agrícolas practican laboreos tan agresivos que no permiten a la flora de microorganismos recuperarse. Recordemos que estos viven en la capa superficial del terreno. Al voltearlo se mezcla la capa fértil con la tierra compactada y sin oxígeno del fondo.

  La capa superficial debe regenerarse con abonos que provean de microorganismos o con el tiempo, que todo lo cura. Si el laboreo es muy agresivo le resulta imposible recuperarse.

  La función de estos microorganismos es que la planta acceda a los nutrientes. En los terrenos estériles las plantas desaprovechan cantidades exageradas de abono, que acabará en filtraciones al acuífero, contaminación del agua, gastos exagerados y abandono de la actividad agrícola. Luego escucharemos las frase de esta tierra es mala, dicha con gran desprecio.

  El ser humano es capaz de generar mucho perjuicio, pero esto responde a su peculiaridad como especie, el hecho de aprender por el ensayo, del método del acierto-error.

  A la larga las actividades perniciosas cesan, por un motivo o por otro. Los políticos siempre se apuntan el tanto, pero la verdad humana es que el avance y el progreso social es imparable, aunque haya quien ha logrado ralentizarlo increíblemente.

  Estropear la tierra es inviable en el tiempo. No tiene futuro en nuestra sensibilidad. La especie humana está programada para sobrevivir y afrontar el futuro como primera regla y, a la larga, no asume actitudes contrarias a ella.

  Aunque la actividad sea nomadista y no vayamos a ejercerla con continuidad, debemos pensar en la colectividad. En quién vendrá tras nosotros y qué se va a encontrar. Ese es el auténtico espíritu nómada. El sedentario piensa que todo muere con él. Cuando abandona la tierra, es porque nadie la quiere.

  Las plantas silvestres comestibles son viveros de microorganismos, insectos y flora. Las zonas que dejemos previstas para las plantas silvestres ayudarán al resto del terreno a repoblar su flora bacteriana si hemos tenido que remover la tierra y enterrar en las capas inferiores sin oxigeno a nuestros microscópicos aliados.

  Estas zonas silvestres servirán para atraer a las abejas que polinizarán nuestra huerta, sin las que sería imposible que esto sucediese.

  La desaparición de colmenas, debido a la desorientación de las obreras que salen a recolectar y no pueden encontrar el camino de vuelta ha sido relacionada con los restos de sustancias tóxicas, como fungicidas, algunos prohibidos hace más de treinta años, lo que hace suponer que o bien se siguen utilizando o que su persistencia en el terreno es el verdadero problema.

  Estas sustancias están presentes en el polen de las flores y contaminan el organismo de la abeja.

  Es necesario proporcionarles espacios de flores sin veneno, para contrarrestar la gran cantidad de flor envenenada que no podrán evitar. De nuevo insisto en que sin abejas, no hay huerta, son las encargadas de polinizar los cultivos.

  Puede suceder que abandonemos la actividad agrícola y el terreno deba regenerarse por su cuenta. Puede suceder que le ayudemos en ese proceso de regeneración o que por lo menos le permitamos disponer de una buena muestra de material genético en nuestras islas silvestres o en los márgenes, donde crecen de manera natural las plantas encargadas de recuperar la zona cuando nos hayamos ido.

  Sin llegar al abandono, la naturaleza cubre con un manto de fertilidad cualquier mancha de terreno que haya quedado al descubierto.

  Si las primeras plantas que aparecen son las más agresivas es porque no disponemos de las reservas de material silvestre entre los cultivos.

  Esta reflexión también se aplica a la fauna. Una diversidad de material silvestre consigue una población equilibrada de insectos, arácnidos, aves, mamíferos, etc. Cuanto más equilibrada sea, más difícil es que una plaga se extienda, puesto que no encontrará hueco en el equilibrio natural.

  Una población de insectos bien diversificada significa la presencia de pequeñas aves insectívoras y grandes aves de presa.


                                                   Un parásito que caiga en un campo de comida es un parásito comiendo, la maleza entre el cultivo frena la propagación de la plaga de planta a planta.
                                         Un parásito que cae en una planta en la que vive un depredador, es un parásito muerto.
                              Un parásito que cae en suelo desnudo sigue buscando.
                   Un depredador que cae en suelo desnudo sigue buscando.


  Por ello es necesario que no haya suelo desnudo si queremos que los insectos que nos puedan ayudar se queden en nuestros cultivos.

  En ocasiones eliminamos la vegetación silvestre cubriendo con láminas de plástico o cobertura vegetal seca, como paja o cortezas, o con recubrimientos de gravilla, que impiden el paso de la luz y la germinación de la maleza.

  Si deseamos atraes a los insectos devoradores de plaga se hace necesario el uso de cartulinas verdes en el suelo. Los insectos beneficiosos se posan en ellas un número de veces hasta encontrar una planta con plaga de la que alimentarse. Si encontrasen suelo desnudo abandonarían el lugar, las cartulinas los engañan para que sigan buscando por los alrededores.



Dice oh!

                Dice hum!
                                                                  Dice oh-oh…



  Los hongos que atacan nuestros cultivos no son los únicos hongos que encontraremos presentes en nuestros suelos.
 
  Las setas comestibles, los hongos patógenos, los hongos que no influyen en nuestro cultivo y los hongos antagonistas que eliminarán al patógeno es lo que vamos a exterminar con los productos fungicidas.

  Las tierras que poseen hongos antagonistas como Trichoderma harzianum no tendrán problemas de mildiu. En el caso de haber utilizado planta contaminada este hongo controlará la enfermedad.

  De haber pulverizado fungicidas en el suelo se hará necesario inocular de nuevo la tricoderma, que ya se comercializa y está aceptada como tratamiento en la agricultura biológica.

 Una buena diversidad de hongos en el suelo es la mejor de las protecciones contra el mildiu, ya que estos no permitirán que encuentre espacio suficiente como para arruinar toda la cosecha. Obviamente el mildiu aparece y hay que controlarlo fundamentalmente con plantas bien aireadas y evitando podas innecesarias en condiciones de alta humedad y eliminando las partes de la planta afectadas por el hongo.

  Obviamente conviviremos con el mildiu, pero no es necesario regalarle toda la cosecha. Este es un buen ejemplo de cómo la biodiversidad reduce el impacto de las plagas, y como eliminándola lo único que conseguimos es dejarle el sitio libre al las especies agresivas.

  Mildiu, oidio, cochinilla, araña roja, son síntomas de mala práctica en el cultivo y de baja biodiversidad. Las soluciones que pasan por el agua jabonosa, agua de ajo, azufre, limpieza manual, homeopatía (diluir infinitamente un insecticida) van de la mano de permitirle a la planta un espacio adecuado de suelo, luz, agua y aireación y, muy importante, no privarle de sus micorrizas, las raíces asociadas producidas por hongos colaboradores.

  El uso de plantas silvestres entre el cultivo dificulta la propagación planta a planta del hongo. Seleccionando las que no sean muy densas conseguimos una buena aireación. Mantienen un microclima húmedo que hará innecesario los riegos excesivos para no arriesgarnos a la sequedad de la planta. Los insectos de los que son huésped harán por nosotros esa limpieza constante necesaria, crisopas y mariquitas son grandes aliados que podríamos introducir.

  No sólo los insectos son plaga, los ratones de campo y topillos son muy habituales a la hora de generar pérdidas, aunque suele suceder que se atribuya al topo lo que haga el ratón.

  Una de las maneras de sumergir al topo en busca de lombrices es aumentar la profundidad del terreno. Esto se consigue con la presencia de microorganismos eficientes. Las lombrices atraerán al topo muy por debajo del cultivo entonces.

  Con sencillos métodos se puede conseguir un coctel de microorganismos locales, que siempre serán más adecuados a nuestro terreno.

  Los desequilibrios en el ecosistema son el desencadenante de esos períodos donde las poblaciones se disparan y, aunque con el tiempo vuelvan a estabilizarse, resulta mucho más económico prevenir estos desequilibrios que compensar las pérdidas de cosecha, sumadas al gasto en venenos que las originan y al desembolso que supone enfrentarse al ataque de una plaga.

  Las aves rapaces consumen ratones y topillos, mantienen estables las poblaciones de aves pequeñas que comen del cultivo y son hermosas. Su impactante e insustituible efectividad se comprueba en cada plaga de roedores que se haya sufrido.

  La sostenibilidad no solo se refiere al equilibrio entre las poblaciones naturales para que no suceda el descontrol de alguna que origine una plaga.

  Uno de los objetivos de la sostenibilidad es que la actividad se nutra de sus propios recursos.

  En el caso del agua tratamos con un factor limitante, tanta agua, tanto cultivo. Utilizar plantas silvestres en vez de suelo desnudo a la hora de presentar la tierra reduce el consumo de agua. Lograremos que cada gota se destine al cultivo que hemos programado si no se desperdicia evaporándose.

  Los suelos desnudos carecen de humedad ambiental, cualquier molécula de agua evaporada se pierde en las corrientes de aire. La cobertura vegetal, en cambio, permite que esta masa de agua evaporada por el calor permanezca en la capa superficial y no se pierda, hace que la temperatura descienda y reduce así la evapotranspiración.

  Podremos contrarrestar los problemas de sequía, reduciremos los riegos, optimizaremos cada gota de agua. Las plantas silvestres que protejan nuestro cultivo mantendrán el suelo húmedo y reducirán la temperatura de este.

  Otro recurso que debemos autogestionar es el abonado.

  Varios son los tipos de abonado, uno de ellos es el abono mineral, que aportamos antes del cultivo, es un abonado que permanece en el terreno y que no necesita aportes posteriores. Este tipo de abonado es el que proporciona K y P, necesarios especialmente en la producción de raíces, floración y fructificación respectivamente. Además contendrá esos elementos que cultivos anteriores hayan extraído excesivamente o cantidades de cal necesarias para corregir el pH del suelo. Este abonado se realiza meses antes de la plantación.

  La ceniza que obtengamos de quemar restos en nuestro terreno nos proporcionará este abono de K y P. Hay que considerar la pérdida de carbono del suelo al sostener un incendio. Pueden aprovecharse zonas que haya que esterilizar para situar las hogueras, aportando luego el abono nitrogenado necesario.

  Otro de los tipos de abonado es el abono verde. Se compone de plantas cultivadas con el objetivo de ser esparcidas en el terreno después de cosechar, que aportarán los nutrientes que hayan sido extraídos del suelo.

  Las plantas silvestres que tengamos entre nuestros cultivos deben ser controladas en número y tamaño para evitar la competición excesiva con el cultivo.

  También entre los núcleos de flora silvestre que tengamos en islas y márgenes deberemos de seleccionar las que nos interesan. En el caso de que se deje descansar la tierra se dejarán sobre el terreno para que actúen como abono verde. Durante el cultivo se pueden aclarar las que crezcan demasiado y dejarlas en el sitio para que abonen.

  Hay que tener un especial cuidado con especies sensibles a hongos, como el tomate o la vid, en ese caso es mejor que el terreno este limpio de restos secos o en pudrición, aunque haya maleza. Un rastrillado o un barrido nos limpiaran las malas hierbas de estos restos.

  Si el terreno sigue ocupado con un cultivo las compostaremos de modo aeróbico, en la compostera tradicional, bien aireada, tapada para mantener una temperatura moderada, o en composteras anaeróbicas, tapadas herméticamente en las que añadiremos aceleradores del compostaje como microorganismos eficientes.

  En el primer caso el compostaje dura aproximadamente un año, en el segundo semanas, dando lugar, además, a lixiviados que se utilizan como abono foliar.

  Con este tipo de abonado aportamos nitrógeno (N), elemento que permanece poco tiempo en el terreno y que se aporta sucesivamente. 

  Si los aportes son excesivos contamina las aguas al  filtrarse. El abonado de N corresponde a la etapa de la planta que está en crecimiento, debiéndose reducir en floración y fructificación, pues las retrasaría o perjudicaría.

  Muchas plantas silvestres aportan nitrógeno al terreno debido a su simbiosis con bacterias nitrificantes. Las plantas silvestres no tienen porque ser consideradas como competidoras de recursos, si son de tamaño moderado y pertenecen a este tipo de especies.

  Hay que añadir que el exceso de abono nitrogenado aumenta la necesidad de agua de la planta y conlleva la aparición de hongos patógenos.

  En general, un respeto a la biodiversidad ayudará a nuestros cultivos y mermará las perdidas, lo que es fundamental para que nos siga pareciendo rentable el oficio de agricultor.



 El paisajismo es la herramienta definitiva que nos ayudará a comprender la bondad de nuestras acciones.

  Podemos entender porqué un árbol es plaga cuando observamos su falta de sincronía en el paisaje, es demasiado alto, sus formas son muy diferentes de las que acostumbramos a observar, su color es estridente en comparación con las gamas cromáticas de sus alrededores.

  Cuando algo resulta feo es porque se encuentra fuera de lugar.

  En agricultura predominan los sentimientos deportivos de superación y competición que nos llevan a realizar esfuerzos físicos exagerados y dañinos, tanto para nuestro cuerpo como para el terreno. También nos solemos impresionar con la magnificencia del monocultivo intensivo, con el tractor más rojo y más grande, etc.

   A veces hay que aburrirse un poco, suele ser la clave del equilibrio y la calma. Cosas tan poco emocionantes como mezclar tomate y cebolla, dejar que crezcan malas hierbas protectoras y barrer con una escoba los restos secos, no solo son efectivas, son muy efectivas.

  El pensamiento moderado se centra en dimensionar el esfuerzo necesario y en esa corrección encontraremos las herramientas y técnicas de cultivo que realmente necesitamos.

  El resultado estético de la agricultura equilibrada es acogedor, colorido, amable. No es casualidad que la salud de nuestro cultivo vaya de la mano de la belleza, ni que la belleza que consigamos vaya de la mano de nuestra salud física y mental.

  Si nos vemos obligados a labrar el suelo de manera desproporcionada para conseguir que crezcan plantas de formas extrañas, demasiado brillantes, muy alejadas en su estética del entorno que las rodea, siempre podremos equilibrar este efecto desagradable con márgenes e islas silvestres.

  Demasiadas veces hemos comprobado que estéticamente la agricultura es un paso atrás, hasta que reflexionamos en las proporciones de las actividades agrícolas.

  El monocultivo es una de las agresiones al paisaje que convierten una comarca en una triste visión. Huir del monocultivo es llegar al ecosistema.

  Si nos alejamos del concepto de ganancia entendiendo que hay pérdidas que resultan razonables, nos encontraremos muy cerca del placer estético.

  En la agricultura tradicional no se observan caminos entre las parcelas, entre los diversos cultivos,
                                                        no se observan áreas estanciales para disfrutar, descansar o utilizar por los responsables del cultivo,
                                                        no se observan puntos que sirvan de foco visual, de referencia para construir el paisaje de una extensión agrícola.

  Un paisaje agroecológico combina cultivo, zona asilvestrada y zona salvaje. Nuestras acciones se centrarán en establecer el cultivo, en seleccionar en la zona asilvestrada las plantas silvestres comestibles que nos interesen y en respetar la zona salvaje.

  En las grandes parcelas de monocultivo se aprovecha hasta el último milímetro de terreno para su aprovechamiento económico. Sería muy fácil reservar las zonas de esquina para crear áreas asilvestradas que sirviesen como zona estancial, como hábitat para la fauna y flora del lugar y como descanso visual.

  Se puede convertir el monocultivo más intenso en un paisaje de formas agradables si huimos del cien por cien de terreno cultivado. El hecho de disfrutar del aprovechamiento de una porción de tierra nos obliga a devolverle ese favor al medio natural reservando espacios libres en los que desarrollarse.

  El precio estético que pagamos nos aleja de la actividad agrícola y nos aboca al abandono del medio rural y a subestimarlo por embrutecido.

  En las pequeñas huertas es aún más necesario que haya caminos y zonas estanciales para poder trabajar más cómodamente. Los espacios de descanso, sombreados, no solo nos permiten dejar aperos y cajas, también son imprescindibles para que los niños y ancianos puedan acceder al lugar.

  Que los niños y ancianos tengan en las huertas espacios apropiados es importante para conciliar el trabajo agrícola con la vida familiar.



Tu eres el tronco
y la sombra,
eres la zona oscura
alrededor de la cual
todo reverdece.




  Los animales que utilicen los pasos no destruirán los cultivos, los perros pululan entre las parcelas si se encuentran caminos bien delimitados.

  Carecer de caminos nos obliga a romper planta, con el consiguiente problema de hongos, nos obliga a dejar las herramientas en lugares inadecuados aumentando la probabilidad de tropiezos y accidentes.

  Establecer una red de caminos es una de las necesidades paisajísticas básicas. Define cuales son las zonas de mayor especialización que queremos mantener aisladas y cuales las zonas de mayor carga de trabajo que necesitan mejores accesos.

  Los puntos singulares indican lugares de aprovechamientos especiales, como un área estancial y ayudan a construir un área visual a su alrededor. Son absolutamente necesarios a la hora de construir un paisaje. El árbol se convierte en la metáfora perfecta cuando hablamos de estos focos visuales.

  El árbol es esa estructura natural alrededor de la cual se ordena el ecosistema. Un árbol con aprovechamiento alimentario puede ser el mejor aliado paisajístico de una composición hortícola. Los hay de gran tamaño, en el caso de que nuestra parcela se integre en un ecosistema de bosque, los hay de tamaño moderado, como los arbolillos frutales.

  Podríamos sustituir el necesario árbol con una pérgola de alguna planta trepadora que nos interesase, como la vid o el lúpulo.

  Otro elemento que tradicionalmente se asocia a la jardinería y el paisajismo es el cerramiento.

  Un seto o hilera de plantas beneficiosas se convierten en una barrera indispensable a la hora de proteger un cultivo. Si la parcela de cultivo está rodeada de plantas silvestres comestibles, serán estas las que acaparen la fauna local, servirán de cortavientos y resultarán el marco estético perfecto para las especies de otros ecosistemas que queramos reproducir en nuestros terrenos.

  Zonificar nuestra actividad nos ayuda a conservar el material silvestre que nos interesa.

  Las zonas salvajes que rodeen nuestro cultivo deberán ser protegidas al máximo de las acciones humanas, por lo cual se hace necesario que establezcamos esas zonas asilvestradas de donde recolectaremos las psc y donde disfrutaremos de en espacio seminatural, algo que evitará incursiones en el medio natural más frágil.

  Algunas especies de aves están amenazadas de extinción por ser sus hábitats lugares de esparcimiento humano. Las parejas no procrean si la presencia humana es excesiva, los pollos asustados se arrojan de los nidos, el comportamiento de algunas especies se modifica sustancialmente con esta presencia.

  La mejor manera de proteger el medioambiente de nuestra invasión es no necesitarlo. Nuestras zonas asilvestradas pueden proporcionar el espacio natural que el ser humano busca.

  Devolver parte del terreno al medio natural es la mejor manera de preservarlo.






  La mayoría de los cultivos de huerta son especies alóctonas que proceden de otros ecosistemas o de ingeniería genética. Rodearlas de vegetación silvestre reducirá su elevado impacto visual negativo.

  Convertimos así las huertas en jardines. Con las plantas silvestres comestibles como aliadas tendremos además la ventaja de conservar el entorno a la vez que cuidamos el aspecto estético de nuestros cultivos, evitando utilizar especies de jardinería tradicional que o son tóxicas o invasoras.

  En el caso de que una de nuestras plantas sea de especie invasora, si es de nuestro ecosistema reduciremos su impacto, si es comestible resultará mucho más sencillo controlar la plaga. No hay nada mejor para terminar con una plaga que comérsela o utilizarla como leña.

  El hecho de menospreciar el impacto visual del cultivo agrícola nos da la medida del retroceso intelectual asociado a la actividad agrícola. Retroceso que, en gran medida, vino propiciado por los estratos de la sociedad que se aprovechaban económicamente del sector.

  No interesaba que los campesinos fueran gente sensible y atenta, ya que eran utilizados como mera fuerza de trabajo y su sector resultaba tan imprescindible que, de darse cuenta de su propia importancia, se hubieran convertido en un serio rival a la hora de repartir las responsabilidades en la sociedad.

  Cualquiera se siente orgulloso de vivir en un paisaje sano, bello y equilibrado. Es parte de nuestra sensación de pertenencia a un lugar, la belleza de este. Podríamos decir que tanto paisaje como idioma hacen nación, que las repercusiones de un paisaje asolado llegan a la política y al corazón de la gente, con lo que se convierte en prioridad respetarlo y participar de su buena trayectoria.


¿De q manera repercuten las plantas silvestres comestibles culturalmente?

  Como ya se dijo en el apartado anterior el abandono de la actividad agrícola se debe a varios factores: la pérdida de fertilidad del suelo, la proliferación de plagas, la reducción del beneficio económico y los cambios en la sociedad a la hora de valorar una actividad.

  Las plantas silvestres comestibles nos ayudan a paliar las dos primeras. Un buen estudio de mercado nos garantizará la ganancia. Los cambios en la sociedad, la cuarta, fueron la principal razón del abandono de tierras agrícolas en el pasado.

  Es un ejemplo como a mediados del siglo XVII se introdujo en Irlanda la patata (Solanum tuberosum), en detrimento de la chirivía (Pastinaca sativa), con lo que la agricultura vivió momentos de gran renovación dada la alta productividad de este cultivo.

  Sin embargo, una plaga asoló las cosechas provocando la histórica hambruna que fue uno de los factores decisivos de la emigración masiva de irlandeses a tierras norteamericanas. Hambruna que de haber seguido confiando en la chirivía no hubiesen padecido.

  Las migraciones humanas del campo a la ciudad despoblaron regiones enteras. En la actualidad es posible combinar la actividad agrícola con los hábitos ciudadanos y con el progreso tecnológico.

  Las ciencias de la información permiten a cualquier agricultor estar al tanto de las novedades agrícolas, de las ferias que le conciernen, de las amenazas del mercado y de los foros de opinión en los que compartir sus preocupaciones y soluciones.

  El agricultor ha dejado de ser una persona aislada y manejable. Puede trasladarse con facilidad y tener su lugar de residencia alejado del terreno que cultiva.

  Situaciones como la estafa de la venta de semillas estériles, tener que vivir en núcleos apartados o centrar sus relaciones sociales en el oscurantismo del guetto campesino han pasado a la historia. Ya no hace frío en el campo, los hijos de los agricultores ya no van descalzos, ya no hace falta parecer poco educado para llevarse bien con los vecinos y la información técnica necesaria está al alcance de cualquiera.

  La vida rural se ha convertido en el sinónimo de la comunicación y de las relaciones sociales. Cada vez es más frecuente que la agricultura se convierta en un terreno social agradable y constructivo en el que relacionarse.

  Para que esto haya ocurrido ha sido necesario que la investigación agrícola se convierta en el primer objetivo. Esto ha magnificado el número de contactos humanos y ha enriquecido la actividad. Se está llegando a cotas de sofisticación y sensibilidad que han convertido la agricultura, la horticultura y la jardinería en un terreno agradable en el que desarrollar nuestras capacidades mentales, lo que ha mejorado cualitativamente las relaciones sociales.

  Las plantas silvestres comestibles pertenecen todavía al campo experimental y solo pueden traernos satisfacciones en ese aspecto. Nos obligan a relacionarnos para seguir consiguiendo datos necesarios, se establecen redes de información que nos mantienen comunicados.

  Por su idiosincrasia silvestre nos mantienen también en una conversación interminable con el ecosistema y nos obligan a mantener ese contacto imprescindible.

  Dado que la agricultura es en sí una actividad que genera residuos y daños al sistema natural, el interés por la flora silvestre mantiene a los agricultores atentos a las actitudes correctas de respeto al medioambiente.

  Otra de las ventajas que encontramos en la investigación de la flora silvestre comestible es el acercamiento a nuestra propia historia, a los usos y costumbres culinarias que fueron la base de construcción de nuestra sociedad.

  Estas hierbas beneficiosas dieron sus nombres a calles, barrios y topónimos de toda clase, son algunos de nuestros nombres y apellidos, nos acercan a quienes somos.

  La historia de nuestras comunidades, perdida en el olvido en favor a las idas y venidas de cuatro famosos militares, permanece en estas pequeñas hierbas. Su nomenclatura, sus usos, su gastronomía, son los pilares de la comunicación de una población, un porcentaje muy alto de los temas de conversación que históricamente se han tenido en una comarca.

  Nos acercan a nuestra historia a través de nuestros mayores, en un momento crítico en el que puede ser la última oportunidad de acceder a ese conocimiento, dada la edad de la última capa de población que mantuvo el contacto directo con el entorno natural.

  La importancia de obtener estos testimonios para ahorrarnos los siglos de experimentación que los originaron es una de las razones que hacen necesaria la longevidad humana en estos tiempos. Podemos reparar el daño de habernos alejado del ecosistema si reparamos el contacto y tendemos el puente al pasado.

  La comunicación humana no solo es una circunstancia, es también un objetivo. Es la piedra angular del progreso humanista. La revolución femenina, el respeto al medioambiente, el reconocimiento de los derechos animales y vegetales, el fin de la explotación obrera, el fin del secuestro cultural vienen de la mano de la comunicación.

  Cuando se llega a una conclusión y esta es comunicada es difícil que se pierda en el olvido. Mantener una red de pensamiento colectivo ininterrumpido fue el objetivo de crear escuelas de pensamiento y universidades. La investigación sobre plantas silvestres comestibles mantiene vivo el intercambio de ideas, que ya es un fin en sí mismo.

   Su repercusión cultural garantiza las reuniones y encuentros en torno a la conservación del medio, a través del contacto con el medio, paseos y jornadas. Se trata de una investigación que sale del laboratorio, que entra en las casas hasta la cocina y que nos obliga a mirar de cerca cada flor.

  Lo que garantiza el resultado y la continuidad de la investigación es el hecho de estar relacionado con la supervivencia de la especie, una especie que tiene por objetivo prestar atención al hecho de comer.

  Una cuestión cultural que nos habla de cómo hemos perdido la soberanía alimentaria es el hecho de plantar como verdura especies que no son autóctonas, sino que provienen de ecosistemas muy diferentes.

  De alguna manera han querido arrebatarnos nuestra cultura y nuestra historia, haciéndonos creer en una gastronomía que se fundamenta en vegetales que conocemos no hace más de trescientos años.

  Esta cuestión afecta paisajísticamente, pues estos vegetales son estéticamente muy diferentes a las plantas de nuestro entorno. Valoramos en jardinería el exotismo en las especies vegetales antes que la salud de nuestros jardines, nos exponemos continuamente a la colonización de especies foráneas que se convierten en plaga, a la toxicidad en la mayoría de las especies de jardinería y al menosprecio de la estética que nos es propia.

  Estas especies extraen del suelo mucho más de lo que este puede proporcionar y es por esto que se hace tan necesario el abonado, causa principal de la toxicidad de las aguas de acuíferos y ríos y de la pérdida de fauna de estos, proliferación de algas, etc. Nos quedamos sin pesca, envenenamos la tierra y el agua, todo queda enmarcado en la dependencia que genera de las empresas que se dedicarán a vendernos los productos que necesitemos una vez hayamos anulado nuestro autoabastecimiento.

  Considerar la verdura tradicional, que son las plantas silvestres comestibles nos devuelve la salud del planeta y nuestra soberanía alimentaria. Su cultivo está muy reñido con la comercialización en el tejido empresarial actual. Las verduras convencionales están seleccionadas genéticamente para soportar el transporte y el almacenamiento, mientras que la verdura silvestre debe consumirse en el día y recolectarse con cuidado.

  Mientras no cambiemos los usos comerciales podremos aprovechar la verdura silvestre en términos de autoabastecimiento y como apoyo a nuestros cultivos. Poco a poco volveremos a depender de nuestros ecosistemas y recuperaremos la importancia de alimentarnos de verdura silvestre. Como siempre, este cambio es interior y muy personal.

  Depender del entorno es el pilar de la  cultura, integrar lo que nos llega de lejos con lo más cercano será el esfuerzo de superación necesario para que la vuelta al medio rural no se convierta en el oscurantismo cultural que tradicionalmente fue.

  Es por ello que convivirán en nuestros cultivos plantas autóctonas y alóctonas, de las proporciones de esta mezcla podremos sacar las conclusiones culturales de en qué manera conservamos lo que es nuestro y, al mismo tiempo, experimentamos lo que nos viene de fuera, qué niveles de respeto hacia la tradición y qué tolerancia hacia lo novedoso mostramos.


































Las plantas silvestres comestibles en jardinería.



















Si tuviésemos que hacer diferencias entre agricultura y jardinería no las encontraríamos en términos de diseño o respeto al medio natural.

  La jardinería hace incapié en el uso lúdico de la zona de cultivo, utiliza especies no comestibles e incluso tóxicas, pero esto podría quedar encuadrado en estilos jardineros.

  El jardín de plantas silvestres comestibles se diferencia de su cultivo agrario en que no centra en el aprovechamiento nutritivo de la planta, sino que prima su aspecto estético.

  En la jardinería contemporánea se observa una clara tendencia al uso de planta silvestre en las zonas alejadas del jardín, con la ventaja de su menor mantenimiento y el ahorro de costes de mano de obra. También estas zonas ayudan visualmente a centrar la atención del diseño hacia el jardín de entorno, más cuidado y de diseño sofisticado.

  Otro uso de la planta silvestre es la inclusión de trébol (Trifolium repens) y margarita menor (Bellis perennis) en las praderas de césped lo que las nitrifica y embellece respectivamente.

  La selección de especies en jardinería se basa principalmente en su existencia en el vivero. Aunque estos respondan a la demanda del consumidor, la repercusión de la planta silvestre comestible en jardinería comenzaría por un viverismo consciente de las posibilidades estéticas de estas especies.

  Sus ventajas se encuentran en la mayor resistencia y adaptación al terreno, muchas de ellas son de carácter invasor, lo cual las faculta para el ajardinamiento de taludes o medianas, en todo caso, si se expandiesen al ecosistema no lo dañarían como algunas invasoras típicas de jardín que se han convertido en peligrosas plagas, como la  hierba de la pampa (Cynerium argenteum).

  Pocas veces se analiza el impacto regional de la agricultura y la jardinería. Si hiciésemos un recuento de especies arbóreas de una comarca nos encontraríamos con un desastroso porcentaje de ejemplares alóctonos. El uso de plantas que provienen de otros ecosistemas aumenta la necesidad de recursos del jardín, la colonización de especies invasoras peligrosas y el malestar de la fauna local.

  Del mismo modo sorprende el número de árboles y hectáreas ajardinadas, que de contar con especies comestibles serían una despensa perfecta para ciudades y hogares.

  También es asombroso el espacio que se desperdicia al no cultivar azoteas y paredes. La jardinería vertical protege las construcciones, además de embellecerlas.


  Los inconvenientes que nos encontramos a la hora de cultivar especies comestibles en el jardín es la toxicidad del medio y la gestión del alimento no aprovechado, que en el caso de árboles frutales es ingente.

  La polución del ambiente a causa de los vehículos a motor y el uso de sustancias nocivas en los jardines convierten el hecho de producir comida en la ciudad como un serio riesgo para la salud.

  Si el parque móvil utilizase motores de hidrógeno y la escarda de malas hierbas fuese manual o con acolchados, si se perdiese el gusto por mostrar terreno desnudo o se sustituyese este por zonas de cobertura de grava, probablemente la ciudad se autoabastecería de alimento vegetal y fruta. Posibilidad que aterra a todas las corporaciones que hacen negocio mediante la circulación de dinero.

  Las empresas que se dedican a la agricultura y a la jardinería podrían modificar sus actividades hacia la garantía y distribución de producto, pero las empresas financieras necesitan  que el dinero exista y circule, verdaderos parásitos del espíritu humano.

  Las especies que tradicionalmente se utilizaron en jardinería y tienen aprovechamiento culinario y nutritivo son muchas. En jardinería pública la norma es plantar especies tóxicas, quizá por el riesgo de que la población quiera consumirlas.

  En huertos urbanos también encuentran dificultades para su expansión, ya que la reducida extensión de estos impide que se disponga de terreno asilvestrado para su desarrollo y como cultivo son menos productivas que las especies comerciales.

  En la jardinería vertical encuentran un nicho optimo las vivaces comestibles silvestres, por sus reducidas exigencias de cultivo, también podremos controlar la toxicidad del medio para verificar la bondad de su consumo, ya que en jardinería vertical se suelen utilizar abonos químicos y repelente para insectos.

  Las plantas en la ciudad regulan el calor y las corrientes de agua de lluvia, torrenciales a veces, aíslan acústica y térmicamente las edificaciones, además de proteger su estructura, mejoran la calidad del aire secuestrando carbono y fijando gases contaminantes, permiten la existencia de hábitats animales y sensibilizan medioambientalmente a la sociedad.

  Si las especies comestibles que se utilizan en jardinería son silvestres y pertenecen al ecosistema nos encontraremos con un jardín útil y estéticamente integrado con nuestro medio natural.

  El hecho de acercarse a estéticas sofisticadas en los ajardinamientos responde a la utilización de los jardines como medio de conocimiento.

  En las épocas de expedición intercontinental se convirtieron en el escaparate perfecto para mostrar el poder colonialista. Fue en aquellos tiempos cuando se popularizaron los invernaderos de especies exóticas.

   Ese mismo espíritu de conocimiento es el que ha surgido en los jardines autóctonos, donde con pequeños carteles se exhiben los nombres de las especies que podremos encontrar en los bosques naturales.

  Si se exhibieran museísticamente las plantas silvestres comestibles de nuestros montes acentuaríamos el riesgo de expolio y extinción de estas especies.


 Quizá donde más éxito tendría sería en la jardinería privada. En ese entorno garantizaríamos las condiciones de salud del cultivo. No solo en las zonas asilvestradas que se citan anteriormente, también como planta de parterre son particularmente interesantes las liliáceas, como ajo y cebolla.

  Históricamente encontramos muchos ejemplos de especies silvestres comestibles que a pesar de sus buenos resultados estéticos han sido desplazadas por especies sin aprovechamiento comestible.

  Dado que un jardín privado no provoca situaciones complicadas en el reparto de las responsabilidades de cultivo o de cosecha, plantar especies comestibles sólo puede dar beneficios.

  Por todas estas razones el uso de plantas silvestres comestibles en jardinería debe propugnarse desde el viverismo.

  Una vez que los ajardinamientos privados cuenten con este tipo de especies, estas colonizarán la jardinería pública y los cultivos agrícolas.

  Hemos de pensar que la sociedad humana es muy sensible a las catástrofes, naturales y sociales. El cambio climático, las fluctuaciones del mercado y la posibilidad de conflictos armados hacen que sea una opción inteligente convertir nuestros jardines en despensas.

  Culturalmente la jardinería es una muestra del espíritu de una sociedad. Si consideramos como valores el equilibrio, la sostenibilidad ambiental y el disfrute del medio natural avanzaremos hacia estilos jardineros muy cercanos al ecosistema en especies y forma.

  El jardín de hábitat es ese estilo jardinero que convierte una porción de terreno en un pedazo del ecosistema natural, donde la huella de la acción humana pasa desapercibida aunque pudiera resultar necesaria en su establecimiento o mantenimiento posterior.

  En esa línea se encuadran las repoblaciones forestales o la tradicional jardinería china, donde el aspecto final de un jardín aparecía en la última fase, muy alejada en el tiempo del momento en el que el jardín se instalaba.

  Es muy distinto plantar un árbol a su distancia final, cuando su porte llegue a ser adulto, que plantar varios árboles que, con el tiempo, habrá que entresacar, para que permanezcan tan solo los que presentan mejor aspecto o se equilibren mejor en el paisaje.

  Poco a poco la sociedad avanza hacia la economía de recursos, en contra de la ostentación y la sofisticación. Los jardines responden a estos avances sociales y las especies silvestres ocuparán los espacios por su aspecto agradable, robusto, similar al medio natural y de fácil manejo.

  Estas evoluciones estéticas se observan en los tejidos textiles, en las construcciones, en peluquería…

  No significa que la sofisticación y el exotismo vayan a desaparecer, sino que se encauzarán en el diseño, más que en los materiales y en que no monopolizarán el mercado, como han venido haciendo.

  Probablemente la globalización de la sociedad incidirá en la exportación de productos propios y la importación de material exótico, en vez de producir localmente lo que proviene de fuera y cultivar en nuestros viveros planta exótica.

En general y como conclusión debemos considerar la existencia del medioambiente urbano y dejar de negarnos la ciudad como ecosistema.

  Es cruel pensar que para vivir de modo natural haya que mudarse a la selva, es cruel no poder andar descalzo o ir desnudos, no poder sentarse más que en los bancos, no poder tumbarte, como si las aceras fueran pasarelas de moda, o fuésemos hormigas, que ya se sabe que las hormigas no disfrutan del paisaje.



  Estas circunstancias de sometimiento ciudadano se paliarían fácilmente con un respeto al medioambiente urbano, permitir el asilvestramiento de la naturaleza hasta un máximo saludable, plantar en los balcones especies silvestres, encima comestibles, reducir el parque móvil y levantar el asfalto que oprime las raíces de los árboles.

  Da la sensación de que nos ha decorado la ciudad una computadora.

  Las crisis económicas ayudan al retroceso de la máquina, pero también traen desigualdades sociales. Una sociedad equilibrada y tolerante, amante de su verdadera naturaleza mental corre, salta y se maravilla con el entorno.

  Somos indios aborígenes y esta es nuestra tierra. Debería haber espacio para todos, zonas muy urbanizadas y zonas de arquitectura salvaje. Resulta difícil distinguir qué nos ha llevado a encerrarnos en la estética dura de los materiales de construcción.

  Siguen las respuestas en el viento. Muchas son las preguntas. ¿Por qué se han desprestigiado los barrios de casetas? ¿Por qué los edificios son pardo grisáceos? ¿Por qué no plantamos comida en los balcones? ¿Por qué no nos educamos en buscar opciones debajo de las piedras y estamos tan concentrados en parecer normales?

  Todos somos iguales en la nada, todo es igual a cero. Las aportaciones individuales enriquecerían la sociedad y el resultado caleidoscópico final dejaría espacio a la naturaleza en las ciudades.

  Lo más parecido a una muestra de avances humanísticos, de avances en el pensamiento social son las muestras de jardín experimental. En Allariz, Ponte de Lima, .., en ellos encontramos una claridad mental y una lucidez en las reflexiones sociales sorprendentes.

  Es de anotar como la jardinería sintetiza nuestro comportamiento, cuantas conclusiones se pueden extraer de una población humana escudriñando sus jardines.

  Las plantas silvestres comestibles son las mejores aliadas del ser humano, seamos nosotros, entonces, sus mayores aliados.





                                                          María Alonso,
                                                          Cangas, 2015.


               



























Nombre científico: Umbilicus rupestris
Nombre castellano: ombligo de venus
Nombre gallego: couselos, capelo
Se come cruda en ensalada.





Nombre científico: Parietaria judaica
Nombre castellano: pelosilla
Nombre gallego: paletaina

Se come cruda
o cocida.







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